"Ágata en dos tiempos": mi más reciente novela



Ágata Alerve es una psicóloga colombiana que vive en Boston. De pronto, al volver a su país, se ve inmiscuida en una investigación criminal relacionada con el supuesto asesinato de su mejor amigo del colegio. Ella, para resolver el caso, tendrá que enfrentarse a una poderosa secta que quiere colocar a uno de sus miembros en el cargo político más importante de la Nación. Un grupo de jóvenes excéntricos ayudarán a Ágata a investigar el crimen y a enfrentarse contra esta poderosa secta. 

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El lado oscuro de la Fuerza



¿Qué es el mal? ¿Por qué el mal es el mal? Para el cristianismo, el mal es no seguir los diez mandamientos dados por Dios a Moisés. Para la mayoría de las religiones, el mal es no seguir las directrices de los líderes de esas religiones. Esas directrices generalmente están inscritas en libros sagrados, textos sagrados, y leyes.

El bien y el mal; son dos conceptos morales; dos palabras que han atormentado al hombre desde que es hombre. ¿Cuándo hago algo malo? ¿Cuándo hago algo bueno? Para eso existe el derecho, para decirle a la gente lo que está bien y lo que está mal; para eso también están las religiones, para decirle a la gente lo que está bien y lo que está mal. ¿Y si no existieran religiones? ¿Si no existiera el derecho? ¿Cómo sabríamos qué es el bien, y qué es el mal?

Kant decía que el hombre debía actuar, como si su actuar fuera una ley universal. Esto es, que las personas en su comportamiento debían seguir una ley moral, una norma de conducta que debía ser seguida por todos los hombres. Ahí aparece nuevamente el concepto de bien y de mal.

“No le hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti” afirma el evangelio. El bien, de cierta forma, es generar bienestar a los otros; por otro lado, el mal es lo contrario, es causar un daño o un dolor a los demás.     

Creo que ahí está el quid de la ley moral; si no existieran las religiones o el derecho sabríamos que si le causamos un dolor o un daño a otra persona o a otro ser vivo, estamos haciendo el mal; por otro lado, si le generamos bienestar a otro ser vivo o a otra persona, estamos haciendo el bien. Así de sencillo, así de simple, y así de complicado y de complejo.

¿Cómo sabemos que el mal está mal? Porque le generamos sufrimiento o dolor a otro ser; de otro lado, cuando generamos bienestar a otra persona o a otro ser vivo, estamos haciendo el bien. Como nos movemos en el mundo del lenguaje, las palabras “dolor”, “sufrimiento”, “bienestar”, tienen una connotación subjetiva. Hay personas que gozan con el dolor, propio o ajeno; y personas que reciben bienestar a través del dolor, como los sadomasoquistas. Sin embargo, a pesar de la subjetividad del lenguaje, de la relatividad del lenguaje, todos tenemos una idea general sobre lo que es el dolor, el sufrimiento, el bienestar y hasta el placer.

En un mundo sin derecho, sin religiones, el hombre moral se podría guiar por este simple concepto: si le causo dolor y sufrimiento a otra persona, mi comportamiento está mal; si le causo bienestar, está bien.

En la película La guerra de las galaxias este concepto del bien y del mal se maneja a través de lo que se denomina como la Fuerza. La Fuerza está ahí, pero tiene un lado luminoso (el bien) y un lado oscuro (el mal). Los Jedis están entrenados para moverse en el lado luminoso de la Fuerza, los Sith están entrenados para moverse en el lado oscuro de la Fuerza (el mal). El mundo entero sería la Fuerza, el campo en el que me muevo, mi actitud generaría si estoy en el lado luminoso o en el lado oscuro. 

El lado oscuro de la Fuerza determina que el mundo ofrece la posibilidad de movernos en el mal, de movernos en el dolor y en el sufrimiento. De ahí que muchos piensen que el mundo es mal. ¿No ves la pobreza? ¿No ves las guerras? ¿No ves la injusticia? Yo creo que el mundo es bueno precisamente porque existe la posibilidad total de moverse en el bien o en el mal; si solo existiera el bien, no sabríamos que es el bien porque no tendríamos punto de comparación. Sabemos que el bien es bien porque existe el mal; de cierta forma, el mal le da sentido al bien. El Universo es perfecto porque existen los opuestos; la luz y la oscuridad, el frío y el calor, el día y la noche, el bien y el mal. El Universo es perfecto porque existen esos opuestos.

La libertad del hombre, del ser humano, consiste en poder moverse en uno o en otro extremo. La vida nos da la posibilidad de generar dolor y sufrimiento, o de generar bienestar. Sin embargo, moverse en el bien tiene sus consecuencias, y moverse en el mal tiene sus consecuencias. Lo que los hindúes llaman el karma; ese es el resultado de moverse en uno o en otro ámbito de la ley moral. Si hago el mal, recibo el mal, si hago el bien recibo el bien. Hay libertad, pero esa libertad tiene consecuencias, eso es lo que nos enseña la vida, el Universo, que no hay impunidad en la naturaleza; hay impunidad, falta de justicia en la ley humana, pero no en la ley natural. Esta ley, la del karma, o la de causa y efecto, nos enseña que podemos movernos entre los opuestos de la ley moral, pero que eso tiene su precio. Reclamamos el bien cuando nos movemos en el bien, reclamamos el mal cuando nos movemos en el mal. Así de simple.

El líder que necesita el Nuevo Mundo


Desde mis épocas de estudiante universitario vengo escuchando una palabra que me parece un tanto difusa, se trata del término “liderazgo”. “Aquí formamos líderes”, “soy un líder joven”, “somos una escuela de líderes”, ¿qué significa todo esto del liderazgo? ¿Qué es un líder?

Como su nombre lo indica, un líder es alguien que lidera, que lleva la batuta de un proyecto, de una empresa, o de un país. Sin embargo, los estudiosos del liderazgo nos dicen que una cosa es ser líder y otra muy distinta es ser jefe. El primero, el líder, moviliza a las personas transmitiéndoles entusiasmo por una causa, por una idea. El jefe simplemente tiene poder, autoridad de mando; la gente hace lo que dice el jefe porque él tiene la posibilidad de ejercer influencia sobre una conducta, condicionándola a través de dinero, trabajo, o lo que sea.

El líder es motivador, es positivo, es emprendedor, es cautivador, tiene carisma. Nuestra sociedad necesita más líderes que simples jefes; esto lo escucho desde que estaba como estudiante en la universidad. ¿Por qué? ¿Por qué se necesitan más líderes que jefes? Porque los líderes ejercen lo que se denomina el soft power; ¿Qué es el soft power? El poder suave, el poder motivador; “yo quiero que tú hagas esto, no porque yo te mande sino porque tú lo quieres hacer”, esta sería la consigna del soft power.

Psicológicamente se ha demostrado que la gente obedece más eficazmente órdenes que son transmitidas con simpatía, con positivismo, y hasta con amor; y que tiende a desobedecer o a llevar a cabo de mala gana órdenes que vienen con amenazas, con violencia, o con rudeza, el hard power.  

A nivel político se dice que Barack Obama es practicante de la política del soft power, que no pretende someter a los países enemigos de Estados Unidos por la fuerza –como su antecesor- sino que lo hace utilizando métodos más sutiles: apoyando la oposición política del régimen enemigo, utilizando la diplomacia, y otros métodos fuertes –bélicos- pero que no son visibles o tan visibles para la opinión pública –la que tuvo de enemiga George W. Bush-.

El líder es un bacán, es un jefe que da órdenes pero con cheveridad – palabras más, palabras menos-. Sin embargo, en el Nuevo Mundo se necesitan más que jefes bacanes para que funcione el nuevo sistema de convivencia humano basado en la cooperación.

El líder es un exponente del sistema de dominación que ha preponderado en la especie humana hasta ahora; ¿cuál será el rol del líder en el nuevo modelo de convivencia humano basado en la cooperación? Ese precisamente, el de tener un rol y nada más.

El líder en el sistema de convivencia humano basado en la cooperación tendrá que jugar el rol de jefe, pero nada más. ¿Cómo así? Pues sí, el líder no será nada más que un papel, que un oficio, que un cargo, que un servicio, y punto. En la sociedad debe haber alguien que organice, que disponga, que vea todo el bosque para organizar los árboles, pero hasta allí.

Hemos vivido hasta ahora agonizando por una pugna de poderes, la sociedad humana se ha desangrado por culpa de los choques de poder. Las guerras, la miseria, la pobreza, los daños ambientales, son la consecuencia de esos juegos de poder, absurdos, infantiles, irracionales, estúpidos. Los nuevos líderes del Nuevo Mundo serán simplemente unas personas que ejercerán cargos de poder por encargo, por servicio, por utilidad general; no habrá pugnas de poder, ni guerras, ni conflictos, porque la Nueva Humanidad tendrá un valor fundamental sobre el cual se asiente: el de la cooperación y la paz.

El líder del Nuevo Mundo ya no será un jefe que ejerza el soft power, será simplemente un coordinador que ejercerá el power for cooperation. Ya no habrá hard power, ni soft power; solo habrá cooperación, y poder para la cooperación, o cooperación con poder.

En las escuelas de liderazgo, de administración, o como se llamen, ya no se formarán jefes bacanes, sino coordinadores de cooperación, que ejercerán ese rol no para adquirir poder sino para velar por la armonía, la paz, y la prosperidad de todo el grupo, de toda la sociedad, de toda la comunidad. Por eso es necesario que en las escuelas de gobierno, de liderazgo, de administración, se enseñe la cooperación, se enseñen nuevos valores, se inculque el nuevo sistema de convivencia humano.




El derecho y la moral


Ambos son sistemas normativos, tanto el derecho como la moral. ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro? El primero –el derecho- es un conjunto de normas jurídicas emitidas por el Estado que tienen coercitividad. El segundo –la moral- es un conjunto de normas encaminadas al bien. De tal forma que, hay normas jurídicas que son morales y normas de moral que son jurídicas. A contrario sensu, hay normas jurídicas que no son morales, y normas morales que no las incluye el derecho.

¿Por qué hay normas jurídicas que no tienen un contenido moral? Por varias razones; la primera, porque las normas jurídicas son emitidas por el hombre, por la sociedad; segundo, porque hay unas normas jurídicas que tienen un carácter neutro desde el punto de vista de moral.

El comportamiento del hombre puede estar encaminado hacia el bien, o hacia el mal. El bien sería todo aquello que construye, que edifica, que dignifica, que genera progreso. El mal sería todo aquello que destruye, que humilla, que retrasa el progreso humano. Matar es inmoral porque genera un mal, robar es inmoral porque genera un mal, violar es inmoral porque genera un mal.

Ahora bien, puede que estas normas morales estén incluidas en sistemas normativos de derecho, y puede que no. A lo largo de la historia encontramos ejemplos de normas jurídicas inmorales. La esclavitud fue una institución jurídica que funcionó por milenios, pero que era inmoral. ¿A quién se le generaba un mal con la esclavitud? A los seres humanos que eran esclavizados. Durante el régimen nazi se emitieron normas de discriminación contra minorías, incluyendo a los judíos, a los gitanos, a los masones, etc. Esas normas eran inmorales porque le generaban un mal a esas minorías, aunque eran válidas y lícitas en el sistema jurídico que tenía Alemania en esa época.

¿La moral puede cambiar, puede transformarse? Esa es la discusión de los iusnaturalistas y de los iuspositivistas. Los primeros afirman que la moral es universal, que existen reglas de conducta que per se llevan al bien, independiente de las épocas y de los lugares. “Actúa de tal forma que tu comportamiento sea una ley universal” decía Kant. Los iuspositivistas afirman todo lo contrario; la moral para ellos es un asunto cambiante, cada sociedad tiene su propia moral, y esta cambia con los años y con los lugares.

¿Quién tiene razón? Yo me inclino por el iusnaturalismo. Creo que existen unas normas de conducta universal que llevan al hombre al bien. Creo que esas normas de conducta se pueden conocer a través de la razón, de la fe, de la intuición y de otras vías. Si la moral fuera relativa –como afirman los iuspositivistas- simplemente no existiría el universo. ¿Por qué? Porque si las normas que rigen el universo funcionaran a veces sí y a veces no, pues obviamente que el orden natural no existiría, solo habría caos.

La moral no puede ser relativa, lo que es relativo es su aplicación en la sociedad. Un  conjunto de personas puede estar acorde con la moral universal o no. Las normas jurídicas de esta sociedad pueden tener contenido moral o no. Ahora bien, el relativismo moral es lo que impera en nuestro actual estado de cosas; muchas sociedades aplican normas evidentemente inmorales invocando la diferencia y el disenso en este tema. “Lo que es bueno para usted, para mí no lo es” esto es lo que argumentan los relativistas morales. Pero, eso es falso; lo que es bueno es bueno, lo que es malo es malo.

El desarrollo de una sociedad está ligado a la moralidad de su sistema jurídico; entre más moral lo sea, más progreso y más desarrollo humano tendrá ese Estado. Entre más inmoral sea un sistema jurídico, allí imperará el atraso. ¿Es moral discriminar a una persona por su raza, por su religión, por su género, por sus gustos sexuales, por su situación social y económica? No, no es moral, cualquier norma de discriminación genera un mal contra los discriminados, y por lo tanto esas normas son inmorales.

La moral está ligada al nivel de desarrollo mental, espiritual, social y anímico de un grupo humano organizado. Entre más atrasada sea una comunidad, más inmoral será. ¿Es moral generar un mal contra un ser vivo, animal o humano? No lo es. Maltratar un animal es inmoral; maltratar un ser vivo cualquiera es inmoral, porque se está generando un mal a ese ser vivo.
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El Ministro de la Presidencia


El 7 de agosto de 2014, Juan Manuel Santos se posesionó nuevamente como presidente de Colombia, para el período 2014-2018. Dentro de los cambios que ha llevado a cabo en estos pocos días de su nuevo mandato se destaca el de haber creado el Ministerio de la Presidencia.

En la estructura de la rama ejecutiva a nivel nacional, había un departamento administrativo que llamaba la atención: el de la Presidencia. Un ente gubernamental que funcionaba al interior de la presidencia de la República y que tenía como función el manejo logístico y de recursos de la Casa de Nariño. El presidente manda en todo el país, pero no totalmente en su propio despacho, según lo establecía la Ley. El cargo de director del departamento administrativo de la Presidencia de la República o secretario general de la Presidencia, era un puesto netamente auxiliar, asistencial, o como su nombre lo dice: administrativo.

En otros países del mundo como Venezuela o Perú, el Ministerio de la Presidencia tiene una función más allá de lo administrativo, ya que tiene responsabilidades políticas. Es probable que Juan Manuel Santos quiera darle este sentido al nuevo ministerio que operará al interior de la Casa de Nariño; no quiere un simple “secretario” o “jefe operativo”, quiere a alguien con rango político que le dé una mayor coordinación a ciertos proyectos prioritarios dentro de su nuevo cuatrienio presidencial.

Para tal efecto, Santos designó a Néstor Humberto Martínez Neira para ocupar este cargo. Martínez es un destacado jurista y profesor, que ya ha ocupado altas dignidades en el Estado como ministro del interior y de justicia, superintendente bancario y miembro de la junta directiva del Banco de la República. Martínez se ha convertido en una de las voces que más escucha el Presidente, según se dice en los pasillos de la Casa de Nariño; él ya venía asesorando a Santos en varias políticas gubernamentales.

Obviamente, y es lógico, que el Presidente quiera darle un perfil más político a este despacho, quiere dotarlo de superpoderes, quiere volverlo un superministro. Sin embargo, la pregunta es esta: ¿Era necesario crear un ministerio de la Presidencia? En años anteriores, durante los gobiernos de Virgilio Barco, Ernesto Samper y Andrés Pastrana, el secretario de la Presidencia era un verdadero superministro, con competencias que iban más allá de lo logístico o de lo administrativo. Recordemos a don Germán Montoya durante la presidencia de Barco; quien, según se especulaba, era una especie de hombre fuerte detrás del telón. Todo lo que hacía Barco primero pasaba por un tamiz, el de la aprobación de Montoya. Samper también tuvo secretarios de Presidencia importantes como José Antonio Vargas Lleras, por ejemplo. Y durante el mandato de Andrés Pastrana, Juan Hernández era el que manejaba “el computador de palacio”.

Martínez Neira en el ámbito jurídico es famoso por ser un reconocido comercialista y experto en derecho bancario. Su ejercicio profesional ha estado dirigido precisamente a ese ámbito, el del litigio en esas áreas, y en la asesoría a los grupos económicos más importantes del país, en especial el del banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo. Él dice que se declarará impedido para conocer de varios negocios relacionados con pleitos en los cuales él intervino. Es lo menos que debe hacer, ya que es una obligación legal no es una opción ética. Martínez Neira es inteligente, astuto, y muy hábil en el manejo de los códigos y las normas jurídicas. Ojalá que su pasado como asesor y litigante en asuntos comerciales y bancarios no le impidan defender con autonomía e imparcialidad los altos intereses de la Nación.

Decía Santos, al momento de presentar esta designación, que su amigo Tony Blair –exprimer ministro de la Gran Bretaña- lo había asesorado para hacer esta reforma al interior de la Casa de Nariño. “Blair reformó la oficina del Primer Ministro después de ser reelegido, él me dijo que también debía hacer unos cambios como él los hizo” dijo Santos, palabras más palabras menos. Yo creo que Colombia requiere de reformas más de fondo que estas; cambiar la estructura de la Presidencia me parece algo menor, casi que anecdótico, teniendo en cuenta que nuestro país es campeón mundial (o por lo menos dentro de los cinco finalistas) en desigualdad social, corrupción, delincuencia, terrorismo, pobreza, falta de educación, de salud, de vivienda, etc, etc. En un país como Gran Bretaña, a los primeros ministros solo les queda hacer una cosa: cambiar la configuración de su despacho, porque todo está hecho. En Colombia no, aquí todo está por hacer. Colombia no es Gran Bretaña,  y Santos no es Tony Blair. Esperamos, entonces, que el nuevo ministro de la Presidencia se encargue de presentar las verdaderas reformas que necesita este país, en lo social, en lo económico, en lo jurídico, en lo internacional. El nuevo superministro tendrá que darle más eficacia a las llamadas locomotoras de Santos, y de verdad ayudar a cambiar la estructura corrupta y anacrónica del Estado colombiano.  

La reelección presidencial



Con el triunfo de Juan Manuel Santos en las pasadas elecciones del 15 de junio se abre nuevamente el debate sobre el tema de la reelección presidencial en Colombia. El mismo Presidente ha tocado el tema, y ha dicho que presentará un proyecto de reforma de la Constitución para acabar con esta institución y alargar el período de gobierno.

Recordemos que la Constitución de Colombia de 1991 prohibió la reelección del presidente, y dejó el período en cuatro años. Posteriormente, durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez se reformó la Carta Magna y en 2006 el presidente en ejercicio se posesionó para un nuevo período consecutivo.

Desde aquel entonces se ha cuestionado la reelección presidencial. La Constitución de 1991 se estructuró teniendo como premisa que el presidente solo ejerciera un período. La autonomía del Banco de la República tenía como fundamento que el presidente solo pudiera escoger a dos codirectores en cuatro años; pero, con la reelección presidencial el jefe de Estado podría nombrar hasta cuatro miembros en este organismo. El presidente también puede nominar al fiscal General de la Nación; pero solo uno por período; con la reelección podría nominar hasta dos.

Otra crítica que se la hace a la reelección es el desbalance en la campaña electoral. El presidente como cabeza de la Rama Ejecutiva a nivel nacional tiene un inmenso poder, por lo tanto sus adversarios siempre estarán en desventaja cuando se trata de competir por la primera magistratura de la Nación.

En Colombia no existe cultura de la reelección presidencial como sí la hay en otros países, como en Estados Unidos, donde la constitución de ese país aseguró una reelección indefinida del presidente. Posteriormente esa norma fue reformada y hoy en día el presidente de esa Nación solo puede reelegirse una vez. En el país del Norte existe la siguiente premisa: el período presidencial realmente es de ocho años, con un plebiscito en la mitad para saber si el jefe de Estado sigue o no.

En Colombia, como ya lo dije, la Constitución estructuró un período de cuatro años. A diferencia de Estados Unidos, en nuestro país no existe esa cultura de la reelección presidencial; por lo tanto, la institucionalidad se ha visto resentida al ver a un jefe de Estado haciendo campaña cruzando peligrosamente o no presuntamente –según sus adversarios- los límites del código disciplinario, o del penal, o del fiscal.

La reelección presidencial es odiosa, antipática, genera sospechas, pero ya está dentro de nuestra Constitución desde 2005. Como abogado pienso que ha generado desniveles, suspicacias, y que sería necesario volver al sistema que implantó la Constitución de 1991.

Sin embargo, creo que nuestro país necesita reformas más urgentes que esta. El problema de la salud, de la educación, de la justicia, de la vivienda, de la pobreza extrema, de la indigencia, de la violencia, de la inseguridad, requieren toda la atención del Congreso. Entrar a reformar la Constitución nuevamente, emitir un acto legislativo, que la Corte Constitucional examine la exequibilidad de la reforma. Todo un proceso largo y tedioso para volver a lo que ya estaba. Prefiero que el Gobierno y la Rama Legislativa se concentren en lo importante, en hacer las grandes reformas sociales que requiere Colombia, lo otro es carpintería institucional, a la cual nos debemos amoldar los colombianos con todas las incomodidades y antipatías que ha generado.

El palo no está para cucharas. Por otro lado alargar el período presidencial es peor. Las nuevas generaciones de gobernantes y de líderes políticos podrían quedar atascados en esos períodos eternos de seis o de cinco años. Me quedo con el período de cuatro años, con una reelección antipática; pero prefiero esto a seguir reformando la Constitución, con un desgaste institucional que debería orientarse a las necesidades inmediatas de la gente, y no al juego político.

Quedémonos como estamos, no sigamos reformando y contra-reformando lo que ya existe, generemos conciencia cívica y ciudadana, enseñémosle a los niños a respetar la Ley, y a ajustarse a las reglas de convivencia vigentes. La “reformitis” que nos gusta tanto a los colombianos dejémosla para hacer los grandes cambios sociales que necesita nuestra Nación; lo otro es seguir pendejeando.    

¿Monarquía o democracia?


En el día de ayer, el rey de España don Juan Carlos I de Borbón anunció su decisión de abdicar al trono. Será sucedido por Felipe, príncipe de Asturias. Inmediatamente se desató lo que todos esperaban, las voces a favor y en contra de la sucesión monárquica.

Es probable que el único hijo varón del saliente rey se convierta en el nuevo jefe de Estado. Los partidos políticos mayoritarios en España -el PP y el PSOE- al parecer, están de acuerdo con la coronación del Príncipe, y los republicanos –quienes reclaman un referendo- se quedarán con las ganas de ver a España convertida en una democracia plena.

En tiempos recientes, los monarcas de Holanda y Bélgica también abdicaron al trono; y eso sin contar con la estruendosa sucesión en el trono de Pedro en el Vaticano. Muchos se preguntan: ¿Qué pasará en el Reino Unido? ¿Cuándo le dará pista la reina Isabel II a su hijo Carlos?

Las monarquías son instituciones antiquísimas, viejísimas, y posiblemente anacrónicas. Antiguamente contaban con el respaldo de la Iglesia, y con el de los sectores con mayor poder económico y político. Las cosas han cambiando drásticamente. Los ciudadanos comunes y corrientes no creen en la monarquía como un sistema político legítimo. Esa institución todavía sobrevive gracias al atavismo histórico que la respalda, a la tradición, y al miedo al cambio.

La monarquía en los actuales tiempos está limitada, es cierto, en los países europeos –y algunos asiáticos- las constituciones establecen fronteras que frenan el poder absoluto de las mismas, y estas les entregan a los ciudadanos la facultad de elegir al jefe de Gobierno a través de elecciones mediante voto popular. Las monarquías occidentales, y algunas orientales, ya no son absolutas, y mucho menos inmoderadas.

Sin embargo, todavía prevalece un tufillo aristocrático y clasista en esa institución que está haciendo crisis por lo menos en Europa. Los españoles han tolerado durante más de 39 años que Juan Carlos I de Borbón sea el jefe de Estado. El dictador Francisco Franco lo puso en el poder, es así de sencillo, saltándose al padre de aquel, don Juan, conde de Barcelona. Posteriormente, en 1978 se emitió una nueva constitución que legalizó la monarquía, y que formalmente convirtió al país ibérico en una monarquía parlamentaria. El 23 de febrero de 1981, un grupo de militares adeptos –aparentemente- al fallecido dictador Franco, trataron de dar un golpe de Estado y retrotraer las cosas al pasado. El Rey, en la madrugada del día posterior al inicio del levantamiento, desautorizó a los golpistas y declaró su plena adhesión y lealtad a la Constitución. Don Juan Carlos se convirtió en el héroe de la jornada, y durante los años posteriores encarnó la figura del defensor de la democracia española.

Sin embargo, ya han pasado tres décadas –casi cuatro- desde aquella famosa alocución televisiva donde el Rey mostraba su faceta “democrática”; y después de sucesivos gobiernos en manos del PP y del PSOE, las cosas en España se han complicado en gran medida. Cataluña pretende la independencia plena, y la crisis económica ha dejado serias cicatrices en el tejido social (como el mismo Rey lo advertía en el día de ayer, al anunciar su abdicación), lo que ha generado una seria oposición al status quo imperante en la Península.

Hay que aceptarlo, el movimiento republicano busca que España se convierta en una democracia plena, sin jefes de Estado elegidos por motivos de sangre, sino por voto popular. Las monarquías representan esa clase dirigente aristocrática que no ha conocido lo que es la pobreza, el desempleo, la falta de educación y de salud, y la exclusión social. Es una figura odiosa para muchos españoles, y para muchos europeos.

No tiene sentido que en pleno Siglo XXI exista un sistema político que legitime el poder por el derecho de sangre. Es absurdo, sin embargo es una realidad que todavía sobrevive en varios países del mundo, incluyendo a Reino Unido, Japón, Arabia Saudí, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Mónaco, entre otros. La tradición, la historia, el espíritu nacionalista, y la estabilidad política son algunos de los argumentos que dan los monarquistas para justificar la existencia de este sistema. Todos esos argumentos admiten réplica; pero hay que aceptarlo, en esos países la monarquía todavía cuenta con no pocos adeptos entre los ciudadanos. Es respetable.

Es probable que Felipe, príncipe de Asturias, se convierta en el nuevo monarca español. Sin embargo, estoy de acuerdo con lo que manifestó el columnista del diario El País Juan Luis Cebrián, cuando recomendó en uno de sus escritos que el nuevo rey se someta a un referendo para legitimar su posición, y así entrar fortalecido a ejercer como soberano. Su padre tuvo un intento de golpe de Estado que le dio gasolina para seguir como rey. Felipe, en las actuales circunstancias necesita también un empujón para que su mandato no se erosione con extrema velocidad, algo que le dé en qué apoyarse, y eso puede ser la democracia.