El Ministro de la Presidencia


El 7 de agosto de 2014, Juan Manuel Santos se posesionó nuevamente como presidente de Colombia, para el período 2014-2018. Dentro de los cambios que ha llevado a cabo en estos pocos días de su nuevo mandato se destaca el de haber creado el Ministerio de la Presidencia.

En la estructura de la rama ejecutiva a nivel nacional, había un departamento administrativo que llamaba la atención: el de la Presidencia. Un ente gubernamental que funcionaba al interior de la presidencia de la República y que tenía como función el manejo logístico y de recursos de la Casa de Nariño. El presidente manda en todo el país, pero no totalmente en su propio despacho, según lo establecía la Ley. El cargo de director del departamento administrativo de la Presidencia de la República o secretario general de la Presidencia, era un puesto netamente auxiliar, asistencial, o como su nombre lo dice: administrativo.

En otros países del mundo como Venezuela o Perú, el Ministerio de la Presidencia tiene una función más allá de lo administrativo, ya que tiene responsabilidades políticas. Es probable que Juan Manuel Santos quiera darle este sentido al nuevo ministerio que operará al interior de la Casa de Nariño; no quiere un simple “secretario” o “jefe operativo”, quiere a alguien con rango político que le dé una mayor coordinación a ciertos proyectos prioritarios dentro de su nuevo cuatrienio presidencial.

Para tal efecto, Santos designó a Néstor Humberto Martínez Neira para ocupar este cargo. Martínez es un destacado jurista y profesor, que ya ha ocupado altas dignidades en el Estado como ministro del interior y de justicia, superintendente bancario y miembro de la junta directiva del Banco de la República. Martínez se ha convertido en una de las voces que más escucha el Presidente, según se dice en los pasillos de la Casa de Nariño; él ya venía asesorando a Santos en varias políticas gubernamentales.

Obviamente, y es lógico, que el Presidente quiera darle un perfil más político a este despacho, quiere dotarlo de superpoderes, quiere volverlo un superministro. Sin embargo, la pregunta es esta: ¿Era necesario crear un ministerio de la Presidencia? En años anteriores, durante los gobiernos de Virgilio Barco, Ernesto Samper y Andrés Pastrana, el secretario de la Presidencia era un verdadero superministro, con competencias que iban más allá de lo logístico o de lo administrativo. Recordemos a don Germán Montoya durante la presidencia de Barco; quien, según se especulaba, era una especie de hombre fuerte detrás del telón. Todo lo que hacía Barco primero pasaba por un tamiz, el de la aprobación de Montoya. Samper también tuvo secretarios de Presidencia importantes como José Antonio Vargas Lleras, por ejemplo. Y durante el mandato de Andrés Pastrana, Juan Hernández era el que manejaba “el computador de palacio”.

Martínez Neira en el ámbito jurídico es famoso por ser un reconocido comercialista y experto en derecho bancario. Su ejercicio profesional ha estado dirigido precisamente a ese ámbito, el del litigio en esas áreas, y en la asesoría a los grupos económicos más importantes del país, en especial el del banquero Luis Carlos Sarmiento Angulo. Él dice que se declarará impedido para conocer de varios negocios relacionados con pleitos en los cuales él intervino. Es lo menos que debe hacer, ya que es una obligación legal no es una opción ética. Martínez Neira es inteligente, astuto, y muy hábil en el manejo de los códigos y las normas jurídicas. Ojalá que su pasado como asesor y litigante en asuntos comerciales y bancarios no le impidan defender con autonomía e imparcialidad los altos intereses de la Nación.

Decía Santos, al momento de presentar esta designación, que su amigo Tony Blair –exprimer ministro de la Gran Bretaña- lo había asesorado para hacer esta reforma al interior de la Casa de Nariño. “Blair reformó la oficina del Primer Ministro después de ser reelegido, él me dijo que también debía hacer unos cambios como él los hizo” dijo Santos, palabras más palabras menos. Yo creo que Colombia requiere de reformas más de fondo que estas; cambiar la estructura de la Presidencia me parece algo menor, casi que anecdótico, teniendo en cuenta que nuestro país es campeón mundial (o por lo menos dentro de los cinco finalistas) en desigualdad social, corrupción, delincuencia, terrorismo, pobreza, falta de educación, de salud, de vivienda, etc, etc. En un país como Gran Bretaña, a los primeros ministros solo les queda hacer una cosa: cambiar la configuración de su despacho, porque todo está hecho. En Colombia no, aquí todo está por hacer. Colombia no es Gran Bretaña,  y Santos no es Tony Blair. Esperamos, entonces, que el nuevo ministro de la Presidencia se encargue de presentar las verdaderas reformas que necesita este país, en lo social, en lo económico, en lo jurídico, en lo internacional. El nuevo superministro tendrá que darle más eficacia a las llamadas locomotoras de Santos, y de verdad ayudar a cambiar la estructura corrupta y anacrónica del Estado colombiano.  

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La reelección presidencial



Con el triunfo de Juan Manuel Santos en las pasadas elecciones del 15 de junio se abre nuevamente el debate sobre el tema de la reelección presidencial en Colombia. El mismo Presidente ha tocado el tema, y ha dicho que presentará un proyecto de reforma de la Constitución para acabar con esta institución y alargar el período de gobierno.

Recordemos que la Constitución de Colombia de 1991 prohibió la reelección del presidente, y dejó el período en cuatro años. Posteriormente, durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez se reformó la Carta Magna y en 2006 el presidente en ejercicio se posesionó para un nuevo período consecutivo.

Desde aquel entonces se ha cuestionado la reelección presidencial. La Constitución de 1991 se estructuró teniendo como premisa que el presidente solo ejerciera un período. La autonomía del Banco de la República tenía como fundamento que el presidente solo pudiera escoger a dos codirectores en cuatro años; pero, con la reelección presidencial el jefe de Estado podría nombrar hasta cuatro miembros en este organismo. El presidente también puede nominar al fiscal General de la Nación; pero solo uno por período; con la reelección podría nominar hasta dos.

Otra crítica que se la hace a la reelección es el desbalance en la campaña electoral. El presidente como cabeza de la Rama Ejecutiva a nivel nacional tiene un inmenso poder, por lo tanto sus adversarios siempre estarán en desventaja cuando se trata de competir por la primera magistratura de la Nación.

En Colombia no existe cultura de la reelección presidencial como sí la hay en otros países, como en Estados Unidos, donde la constitución de ese país aseguró una reelección indefinida del presidente. Posteriormente esa norma fue reformada y hoy en día el presidente de esa Nación solo puede reelegirse una vez. En el país del Norte existe la siguiente premisa: el período presidencial realmente es de ocho años, con un plebiscito en la mitad para saber si el jefe de Estado sigue o no.

En Colombia, como ya lo dije, la Constitución estructuró un período de cuatro años. A diferencia de Estados Unidos, en nuestro país no existe esa cultura de la reelección presidencial; por lo tanto, la institucionalidad se ha visto resentida al ver a un jefe de Estado haciendo campaña cruzando peligrosamente o no presuntamente –según sus adversarios- los límites del código disciplinario, o del penal, o del fiscal.

La reelección presidencial es odiosa, antipática, genera sospechas, pero ya está dentro de nuestra Constitución desde 2005. Como abogado pienso que ha generado desniveles, suspicacias, y que sería necesario volver al sistema que implantó la Constitución de 1991.

Sin embargo, creo que nuestro país necesita reformas más urgentes que esta. El problema de la salud, de la educación, de la justicia, de la vivienda, de la pobreza extrema, de la indigencia, de la violencia, de la inseguridad, requieren toda la atención del Congreso. Entrar a reformar la Constitución nuevamente, emitir un acto legislativo, que la Corte Constitucional examine la exequibilidad de la reforma. Todo un proceso largo y tedioso para volver a lo que ya estaba. Prefiero que el Gobierno y la Rama Legislativa se concentren en lo importante, en hacer las grandes reformas sociales que requiere Colombia, lo otro es carpintería institucional, a la cual nos debemos amoldar los colombianos con todas las incomodidades y antipatías que ha generado.

El palo no está para cucharas. Por otro lado alargar el período presidencial es peor. Las nuevas generaciones de gobernantes y de líderes políticos podrían quedar atascados en esos períodos eternos de seis o de cinco años. Me quedo con el período de cuatro años, con una reelección antipática; pero prefiero esto a seguir reformando la Constitución, con un desgaste institucional que debería orientarse a las necesidades inmediatas de la gente, y no al juego político.

Quedémonos como estamos, no sigamos reformando y contra-reformando lo que ya existe, generemos conciencia cívica y ciudadana, enseñémosle a los niños a respetar la Ley, y a ajustarse a las reglas de convivencia vigentes. La “reformitis” que nos gusta tanto a los colombianos dejémosla para hacer los grandes cambios sociales que necesita nuestra Nación; lo otro es seguir pendejeando.    

¿Monarquía o democracia?


En el día de ayer, el rey de España don Juan Carlos I de Borbón anunció su decisión de abdicar al trono. Será sucedido por Felipe, príncipe de Asturias. Inmediatamente se desató lo que todos esperaban, las voces a favor y en contra de la sucesión monárquica.

Es probable que el único hijo varón del saliente rey se convierta en el nuevo jefe de Estado. Los partidos políticos mayoritarios en España -el PP y el PSOE- al parecer, están de acuerdo con la coronación del Príncipe, y los republicanos –quienes reclaman un referendo- se quedarán con las ganas de ver a España convertida en una democracia plena.

En tiempos recientes, los monarcas de Holanda y Bélgica también abdicaron al trono; y eso sin contar con la estruendosa sucesión en el trono de Pedro en el Vaticano. Muchos se preguntan: ¿Qué pasará en el Reino Unido? ¿Cuándo le dará pista la reina Isabel II a su hijo Carlos?

Las monarquías son instituciones antiquísimas, viejísimas, y posiblemente anacrónicas. Antiguamente contaban con el respaldo de la Iglesia, y con el de los sectores con mayor poder económico y político. Las cosas han cambiando drásticamente. Los ciudadanos comunes y corrientes no creen en la monarquía como un sistema político legítimo. Esa institución todavía sobrevive gracias al atavismo histórico que la respalda, a la tradición, y al miedo al cambio.

La monarquía en los actuales tiempos está limitada, es cierto, en los países europeos –y algunos asiáticos- las constituciones establecen fronteras que frenan el poder absoluto de las mismas, y estas les entregan a los ciudadanos la facultad de elegir al jefe de Gobierno a través de elecciones mediante voto popular. Las monarquías occidentales, y algunas orientales, ya no son absolutas, y mucho menos inmoderadas.

Sin embargo, todavía prevalece un tufillo aristocrático y clasista en esa institución que está haciendo crisis por lo menos en Europa. Los españoles han tolerado durante más de 39 años que Juan Carlos I de Borbón sea el jefe de Estado. El dictador Francisco Franco lo puso en el poder, es así de sencillo, saltándose al padre de aquel, don Juan, conde de Barcelona. Posteriormente, en 1978 se emitió una nueva constitución que legalizó la monarquía, y que formalmente convirtió al país ibérico en una monarquía parlamentaria. El 23 de febrero de 1981, un grupo de militares adeptos –aparentemente- al fallecido dictador Franco, trataron de dar un golpe de Estado y retrotraer las cosas al pasado. El Rey, en la madrugada del día posterior al inicio del levantamiento, desautorizó a los golpistas y declaró su plena adhesión y lealtad a la Constitución. Don Juan Carlos se convirtió en el héroe de la jornada, y durante los años posteriores encarnó la figura del defensor de la democracia española.

Sin embargo, ya han pasado tres décadas –casi cuatro- desde aquella famosa alocución televisiva donde el Rey mostraba su faceta “democrática”; y después de sucesivos gobiernos en manos del PP y del PSOE, las cosas en España se han complicado en gran medida. Cataluña pretende la independencia plena, y la crisis económica ha dejado serias cicatrices en el tejido social (como el mismo Rey lo advertía en el día de ayer, al anunciar su abdicación), lo que ha generado una seria oposición al status quo imperante en la Península.

Hay que aceptarlo, el movimiento republicano busca que España se convierta en una democracia plena, sin jefes de Estado elegidos por motivos de sangre, sino por voto popular. Las monarquías representan esa clase dirigente aristocrática que no ha conocido lo que es la pobreza, el desempleo, la falta de educación y de salud, y la exclusión social. Es una figura odiosa para muchos españoles, y para muchos europeos.

No tiene sentido que en pleno Siglo XXI exista un sistema político que legitime el poder por el derecho de sangre. Es absurdo, sin embargo es una realidad que todavía sobrevive en varios países del mundo, incluyendo a Reino Unido, Japón, Arabia Saudí, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Mónaco, entre otros. La tradición, la historia, el espíritu nacionalista, y la estabilidad política son algunos de los argumentos que dan los monarquistas para justificar la existencia de este sistema. Todos esos argumentos admiten réplica; pero hay que aceptarlo, en esos países la monarquía todavía cuenta con no pocos adeptos entre los ciudadanos. Es respetable.

Es probable que Felipe, príncipe de Asturias, se convierta en el nuevo monarca español. Sin embargo, estoy de acuerdo con lo que manifestó el columnista del diario El País Juan Luis Cebrián, cuando recomendó en uno de sus escritos que el nuevo rey se someta a un referendo para legitimar su posición, y así entrar fortalecido a ejercer como soberano. Su padre tuvo un intento de golpe de Estado que le dio gasolina para seguir como rey. Felipe, en las actuales circunstancias necesita también un empujón para que su mandato no se erosione con extrema velocidad, algo que le dé en qué apoyarse, y eso puede ser la democracia.  

Séptimo concurso de ensayo en Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos



Las cámaras de comercio de Bogotá, Cali y Medellín para Antioquía organizan este concurso dirigido a estudiantes de derecho. La fecha límite de la inscripción es hasta el 22 de agosto, y se premiarán a los tres mejores ensayos. Las bases del concurso las pueden conseguir en:


Igualmente, pueden conseguir más información aquí:


El correo electrónico del concurso es:  ensayosmasc@ccb.org.co

Esta es una buena oportunidad para escribir, para investigar, para proponer, para indagar lo que podrían ser las soluciones pacíficas modernas a las controversias jurídicas. Lo más interesante es que va dirigido a estudiantes, a aprendices de abogados que buscan promover nuevos mecanismos de resolución de litigios por vías no necesariamente judiciales pero sí pacíficas.

Más información: http://bit.ly/1kJPjtP

Votaré por mí en las próximas elecciones

Ad portas de una nueva elección presidencial en Colombia, no tengo claro por quién votar. Sin embargo, solo tengo claro una cosa: que los políticos no arreglarán este país, sea cual sea. Que Santos, que Zuluaga, que Peñalosa, que López, que Ramírez. No, no nos engañemos; la decisión de cambiar nuestro entorno, nuestra familia, nuestra ciudad, nuestro país, depende única y exclusivamente de nosotros: los ciudadanos.

Los gobernantes han estado demasiado tiempo en el poder; ahora, los que debemos mandar somos todos; sí todos, todos los que componemos esta sociedad. Llegará un día en que la decisión de votar por X o por Y para presidente de la República, o para alcalde, o para senador, será indiferente. No importará quién mande, porque la nueva sociedad humana basada en un sistema de cooperación no permitirá que falte nada.

Hoy en día sí importa quién gana una elección, porque dependemos de los políticos, de los gobernantes. Ellos nos han hecho depender de ellos; desde que nació la humanidad nos han hecho depender. ¡Pero ya basta! ¡Quitémonos la venda de los ojos! Somos nosotros los que construimos nuestro entorno, no ellos, y en cada uno de nosotros reside el poder. Nos han debilitado con frases como: “yo les daré educación a todos”, “yo les daré salud a todos”, “yo les daré empleo a todos”, “yo les daré vivienda a todos”.

Si bien es cierto los gobernantes determinan unas directrices generales, y pueden servir como líderes inspiradores, la verdad es que ellos no pueden hacer nada si los ciudadanos se sienten débiles, incapaces, e ineptos. En un sistema de cooperación todos los ciudadanos dan, no esperan recibir; no son mendigos, son reyes. En el actual sistema –basado en la pobreza y la escasez- todos esperan recibir. ¿Recibir de quién? De los políticos, de los poderosos, de otros.

Por lo tanto, en la próxima elección votaré por mí, mejor dicho votaré por alguno de los candidatos que aparecen en el tarjetón, ¿cuál? No importa, es lo de menos. Pero, mi actitud será lo importante al momento de votar, ya que sabré que ese voto no es por alguno de esos señores (o señoras) que aparecen allí, sino que lo haré convencido de que yo soy el responsable de mi vida, de mi entorno. Si todos los ciudadanos votamos por nosotros mismos el día de las elecciones, será indiferente quién gane. Que gana X, que gana Y, da la misma porque yo soy el que determina mi vida.

Lógicamente, las condiciones generales de la sociedad las crea ese gobernante, ese político; sin embargo, si seguimos creyendo que ese gobernante, ese político, nos va a cambiar radicalmente la vida, estamos fregados. El juego de la política consiste en hacernos creer algo que no es verdad: que la política determina la realidad, pero es al revés, la política está determinada por la realidad. Si hay políticos corruptos, políticos ineptos, es porque nosotros les hemos dado ese inmenso poder para que hagan con nuestros impuestos lo que se les dé la gana.

Dejemos de mirar hacia arriba, y empecemos a vernos entre nosotros mismos; dejemos que los gobernantes gobiernen, en sus macroasuntos, y nosotros dediquémonos a nuestros microproblemas, que para cada uno son macroproblemas. Si todos arreglamos nuestros microproblemas, pues, arreglamos nuestra sociedad, y los políticos no servirán para nada.

Cada cuatro años – cuando hay elección presidencial-, la gente vota confiada. Confían en un sueño utópico: que una persona puede cambiar la realidad de millones de personas. Falso, eso es imposible; pero durante años, siglos, nos han convencido de eso. Nos han debilitado, nos han apocado, nos han disminuido; ahora, llegó el momento de votar por el votante; es indiferente por quién vote usted, eso no importa, lo que importa es la actitud con que vota; si vota pensando en que esa persona por la que usted votó va a cambiar su vida, pues está en una grave equivocación; pero si vota pensando en que esa persona no determinará substancialmente su realidad, y que es usted el que lo va a ser, pues amigo ya empezó la verdadera revolución. La revolución de su propia existencia, de su propio universo.

"Afrodita celeste en los templos de cobre": mi nueva novela



Es una novela sobre el amor, sobre el romance. Ariadna y Antonio son dos jóvenes estudiantes de diplomacia; ellos descubren entonces que se han enamorado mutuamente. En medio de esa relación surgen varios obstáculos: la enemistad con un profesor, las competencias dentro de diferentes sociedades de debate, y lo peor: una conspiración política. El amor de estos dos jóvenes se ve afectado por todas estas circunstancias. ¿Prevalecerá el amor? ¿La competencia académica? ¿Los celos? ¿Las intrigas políticas? Es una novela corta, sencilla, que nos devuelve a la esencia de los más profundos sentimientos.


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Hillary Clinton, ¿presidenta de Estados Unidos en 2016?


En un reciente editorial de la revista Dinero de Colombia, se evaluaba la muy posible victoria de la exprimera dama. Clinton fue derrotada por Obama en 2008 durante las elecciones primarias del partido Demócrata. Ella obtuvo más votos populares, pero la élite de esta agrupación política terminó decantándose por el candidato afroamericano.

Si bien es verdad varios factores juegan a favor de Hillary, lo cierto del caso es que no la tiene fácil del todo. La esposa del expresidente de Estados Unidos goza de una alta popularidad dentro de su partido, antes de llegar a la Casa Blanca ella ya era una afamada abogada, y sería la heredera natural del gobierno de Obama. Sin embargo, hay varios obstáculos que tendría que sortear su candidatura.

El actual Presidente llegó al poder con una alta expectativa por parte del los ciudadanos de su país y del mundo, pero, esas expectativas no se han visto colmadas del todo, y ni siquiera de manera aceptable. Ese lastre del gobierno Obama podría golpear a Hillary Clinton y al partido Demócrata como tal. En 2016 les podrían pasar la cuenta de cobro por haber prometido cosas que no pudieron cumplir.

Los republicanos están ansiosos por volver al poder. McCain y Romney fueron candidatos muy discretos, y este partido podría jugar una carta más fuerte en 2016. Se rumora que Jeb Bush –hermano e hijo de expresidentes, y exgobernador de Florida- lanzaría su candidatura, y todos sabemos que los Bush van en serio cuando se lo proponen.

La edad de Hillary es otro punto que podría restarle poder a su nominación. Ella llegaría con sesenta y nueve años a la Casa Blanca; lo que hoy por hoy no es obstáculo para detentar un cargo, pero sí lo es desde el punto de vista biológico. Una campaña muy larga y desgastante sería aprovechada por un republicano más joven y vigoroso. Jeb Bush se presentaría con sesenta y tres años a la votación. Seis años menos que Hillary.

En el partido Republicano no están todos los competidores a vencer. El vicepresidente Biden, y John Kerry, se presentarían también a la nominación a la presidencia por parte de los demócratas. Al secretario de Estado de Obama no le ha ido mal en su cargo, y ya tiene experiencia en competencias electorales nacionales.

Lo que ocurra de aquí a noviembre de 2016 también determinaría el impulso de una candidatura por parte de Clinton. La situación con Rusia cada día es más tensa; Irán y Siria están neutralizados por vías diplomáticas, por el momento; Corea del Norte cada día le muestra los dientes a Estados Unidos con más audacia, y la situación de la economía mundial es muy frágil. Un crash en la bolsa, como ocurrió en 1929 y en 2008 sería devastador para los demócratas, y ese fantasma no se ha ahuyentado del todo. Eso sin contar con la creciente fortaleza de las economías de China e India, y el papel protagónico de Brasil en América Latina.

Hillary sería la primera mujer en ser presidenta de Estados Unidos. Algo que ya no sería exótico, ya que como lo recordaba la revista Dinero, más de una decena de jefes de Gobierno a nivel mundial son mujeres. Sin embargo, a lo largo de la historia muchas mujeres ya han ocupado cargos de poder; esto ya no sería en extremo singular. La reina Isabel I de Inglaterra convirtió a ese país en una potencia; Isabel II lleva más de sesenta años como monarca, y otras mujeres también lo han hecho. Margaret Thatcher gobernó con puño de hierro, e impulsó un modelo de desarrollo neoliberal en Gran Bretaña. Dilma Rousseff lidera la potencia latinoamericana del momento; y Cristina Fernández, a pesar de las críticas, es toda una institución en su país: Argentina. Michelle Bachelet volvió a la presidencia en Chile; y Angela Merkel le ha devuelto cierta majestad a Alemania, después de la vergonzosa derrota en la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día, Alemania comanda la Unión Europea.

La exsecretaria de Estado de Obama tiene muchas posibilidades de volver a la Casa Blanca como presidenta, pero yo no estaría tan seguro de que las cosas estén totalmente definidas, en eso difiero del editorial de la revista Dinero.


¿Por qué no soy, ni seré político?


Aristóteles en su célebre libro La política afirmaba que todo hombre tenía una naturaleza política, y que si no lo era se debía a que se trataba de un imbécil o de un ermitaño. Sin embargo, es justo tener en cuenta que el filósofo griego se refería a la vocación pública del hombre y no a la profesión de político.

Hoy en día la política se ha convertido en una transacción de lo público con fines particulares; ya no es el arte de gobernar en interés general. La política se ha corrompido, se ha degradado, y solo ha quedado como una ocupación de comerciantes electoreros.

Hay buenos políticos, también es justo decirlo, pero la mayoría de quienes ingresan en ese mundo actualmente lo hacen para saciar su sed megalómana, y para enriquecer sus bolsillos. El arte de gobernar en interés general solo ha quedado en el papel, en el mundo de las ideas, del deber ser.

La democracia necesita de los políticos, pero se ha vuelto al revés, los políticos se benefician de la democracia. Todo se ha vuelto un negocio de transacciones, de electorerismo en grado sumo. No me atrae ese mundo, para nada.

¿Tiene la culpa el sistema político imperante? ¿La democracia? No lo creo, aunque sí es verdad que los gobernantes son un reflejo de quienes votan por ellos. La democracia permite el autogobierno, y que las personas decidan por su futuro ellas mismas. La democracia es un sistema con defectos obviamente, pero es el mejor sistema para garantizar la libertad de manera institucionalizada.

Para garantizar un mejor funcionamiento de este sistema es necesario asegurar que los gobernados cuenten con una mejor cultura política, con una mejor cultura de lo público, y con una mejor cultura democrática basada en valores positivos. Si no se trabaja en ello la política seguirá corrompiéndose cada día más hasta volverse un simple ejercicio de mercaderes del voto.

En estas condiciones no me atrae la política, no me interesa ser político, creo que soy más útil desde estas esferas, y desde estas trincheras. Accionando sobre el pensamiento, sobre la opinión. Algún día volveremos a ver ese ejercicio noble de lo público, cuando haya una mejor conciencia política. Dar ese salto a la dictadura porque la democracia no sirve, es peor; es un suicidio que toca evitar.

La plutocracia


Definido como el gobierno de los ricos. “Ploutos” significa riqueza, y “kratos” es gobierno, en griego. La plutocracia es un sistema político que nunca ha estado institucionalizado en el papel, pero sí en la práctica. Me explico; ningún gobierno es capaz de decir: “Aquí mandan los que tienen plata”; no, la plutocracia nunca ha estado formalizada, salvo en los regímenes donde los monarcas también eran los más adinerados.

La plutocracia en la antigüedad era lo normal; las familias nobles, las que tenían más poder, eran los amos y señores de su reino o de su imperio. Sin embargo, hay que aceptar que el concepto de riqueza ha cambiado desde hace varios siglos. En las primeras sociedades humanas la riqueza estaba ligada al poder físico, a quien tenía la destreza de cazar, a quien podía mandar sobre los demás debido a su fortaleza fisiológica. Esa era la riqueza. Esos eran los plutócratas de los primeros grupos humanos: los musculosos.

Posteriormente, las familias nobles que habían conseguido el poder debido a sus cualidades físicas, se aliaron con los chamanes y sacerdotes de su tribu o de su clan, y con ellos forjaron una nueva riqueza: la del engaño, la de la superstición. Los brujos y sabios –que determinaron que cierta familia era la elegida de los dioses para gobernar- entraron a formar parte de lo que se llamaría como: la clase dirigente. Los grupos religiosos también entraron a ser parte de la clase poderosa, de la plutocracia.

Con el paso del tiempo, los poderosos empezaron a acumular bienes; como tierras, metales preciosos, animales, cultivos, casas, castillos, palacios, etc. Las familias monárquicas contaban con el apoyo de los religiosos para justificar su poder; pero, también empezaron a tener otros elementos para sustentar su posición: se adueñaron de los medios de producción económica, en especial, de la tierra.

Al finalizar la Edad Media, y al inicio de la Era Moderna, la riqueza estaba basada en la cantidad de tierra que tuviera una persona. Obviamente, las familias nobles habían logrado hacerse con muchos terrenos, y eran los grandes latifundistas de sus países. Sin embargo, una nueva clase social comenzó a surgir: la burguesía.

La burguesía –asentada en centros urbanos llamados burgos- iniciaron una nueva era para la plutocracia: la del comercio y del mercantilismo. La tierra era importante, era signo de poder, pero, con los nuevos inventos y el desarrollo de la ciencia, el intercambio comercial entre ciudades, entre países, y entre imperios adquirió gran preponderancia. Los burgueses empezaron a acumular riqueza.

Con la Era Moderna, también llegó un nuevo invento: el dinero. Hasta ese momento, el intercambio de mercancías se hacía a través de metales preciosos como el oro, la plata, o de especias como la sal. Sin embargo, a los burgueses se les ocurrió imprimir papel que podría ser cambiado por metales preciosos para agilizar el comercio. Los títulos valores ya habían sido utilizados en la Edad Media por la Orden de los Templarios. Quien viajaba a Tierra Santa (Jerusalén y Palestina) podía confiar sus bienes en los castillos que tenía la Orden durante todo el trayecto desde Europa. En los castillos se expedían unos documentos que el viajero podía cambiar en cualquier otro punto del viaje, y obtener oro y plata. Fue el inicio del sistema financiero.

Era obvio, dos clases sociales comenzaron una pugna por el poder. Los burgueses y la monarquía. Los burgueses tenían riqueza: dinero, metales preciosos, bienes muebles, artesanías, etc. Los monarcas también tenían riqueza: bienes inmuebles, fincas, palacios, castillos, y el apoyo del clero. ¿Qué ocurrió? Una guerra entre plutócratas; la Revolución francesa fue el primer resquebrajamiento del antiguo sistema. El resultado de este enfrentamiento es conocido: los burgueses se hicieron con el poder, e implantaron un sistema de gobierno basado en elecciones democráticas.

Las monarquías no fueron suspendidas del todo; las familias aristocráticas también se aliaron con los burgueses y llegaron a un acuerdo amistoso, ¿el resultado? Las monarquías constitucionales. ¿Quiénes empezaron a mandar en el mundo? Los banqueros.
La plutocracia moderna ha basado su poder en el dinero. En el papel el sistema político preponderante es la democracia, sin embargo, no nos digamos mentiras, la financiación de las campañas, los lobbies políticos, los think thanks (grupos de pensamiento), y en general, los partidos son financiados por quienes detentan el dinero, por los plutócratas; ellos son los que determinan quién gana o quién pierde una elección a través del apoyo económico que le brindan a tal o cual candidato.

Otro tipo de plutocracia surgió a principios del siglo XX: la plutocracia partidista. Los señores Marx y Lenin pensaron que todo el problema de la historia era la lucha de clases. Por lo tanto, decidieron poner a la clase trabajadora en el poder. ¿Lo consiguieron? Pues no, lo que lograron fue colocar a los dirigentes de un partido político en el poder, que se amarraran a ese poder, y que se atornillaran en la silla. Ese sistema colapsó antes de finalizar el siglo XX. Todavía quedan resquicios de eso en algunos países (Cuba, Corea del Norte, y otros).

Al comenzar el siglo XXI la plutocracia está vigente. Los que tienen el dinero tienen el poder. Sin embargo, hay un hecho que ha provocado que el sistema se desequilibre: la artificialidad del medio de intercambio. El dinero no es más que papel con un valor subjetivo, incluso, ya ni siquiera es papel, es un número en un computador. Los plutócratas han tenido varios sustos, uno de ellos ocurrió en 1929 cuando se cayó la bolsa de valores de Nueva York; la otra ocurrió en 2008, cuando la bolsa de esta ciudad volvió a desbarajustarse.

Los plutócratas saben que el sistema puede caerse nuevamente, que es frágil. ¿Cuál es la solución? Ya la diagnosticaron: el poder tecnológico. El mundo ha llegado a unos niveles de sofisticación informática increíbles, por lo tanto, los plutócratas saben que es imprescindible el uso de la tecnología para mantener su poder. La plutocracia tecnológica es el nuevo camino que nos quieren imponer a través del denominado soft power o poder suave; que la gente dependa de la tecnología, que la utilice para todo; en el entretanto, los plutócratas se adueñan de las empresas de informática, y los gobiernos –al servicio de los plutócratas- imponen condiciones y se apoderan de esa tecnología.

¿La plutocracia es el camino para la humanidad? ¿Es el mejor gobierno? Creo que no, no lo ha sido. Hoy en día, la plutocracia solo ha dejado guerras, hambre, pobreza, pandemias, calentamiento global, terrorismo, delincuencia, inmoralidad, etc, etc. En el nuevo milenio debe darse el comienzo de una verdadera democracia.

La democracia, “el gobierno del pueblo, para el pueblo, y por el pueblo” como la definía Lincoln, es el único camino para imponer un sistema basado en la cooperación. Hasta ahora lo que ha predominado es la plutocracia; un sistema que le ha servido al sistema de dominación humano.

El reto para las nuevas generaciones es desarrollar e imponer la democracia en el mundo. Un gobierno para todos, no solo para los que detentan las riquezas. Hay que buscar un cambio de conciencia; espiritual, social, y política. ¿Cómo lo vamos a hacer? Pacíficamente, a través del arma más poderosa: la mente.