El derecho penal debe ser más pragmático


Uno de los objetivos del derecho penal es castigar las conductas que agredan los bienes jurídicos tutelados por el Estado. Otro de los objetivos de este derecho es disuadir a los potenciales delincuentes de cometer hecho ilícitos; y por último, el derecho penal busca con el castigo resocializar a los criminales.

En la mayoría de los sistemas jurídicos civilizados el castigo más utilizado es el de limitar la libertad, la cárcel. Las penas privativas de la libertad son las penas más frecuentes en el derecho penal. Sin embargo, ¿son efectivas esas penas? ¿Sirven realmente para disuadir a los potenciales delincuentes? ¿Sirven para resocializar a los reclusos? La respuesta probablemente sea la de: No.

El derecho penal actual presenta el castigo de limitación de la libertad como un mal menor o como un mal necesario; como que no existe otro castigo; como que no se puede hacer más. Yo pienso que la pena de restricción de la libertad debe ser impuesta en casos extremos, o para delitos mayores –o graves- como el de homicidio, el de secuestro, el de terrorismo, el de acceso carnal violento, agresión con ácido o para delincuentes reincidentes.

Mandar a la cárcel a un delincuente debe ser la excepción y no la regla. Es claro, hay criminales muy peligrosos que deben ser recluidos en centros de detención debido a su inclinación psicológica por “hacer el mal”, son personas que no pueden estar sueltas por ahí. Sin embargo, yo creo que para otro tipo de delitos –como los que atentan contra el patrimonio, o delitos técnicos como captación masiva de dinero- podrían tener castigos basados en el resarcimiento patrimonial o en multas que realmente reparen el daño causado.

Las cárceles están atestadas de gente –por lo menos en Colombia, y creo que en otras partes del mundo también-; la violación a los derechos humanos en esos centros de detención está al orden del día debido a la sobrepoblación carcelaria. Es necesario que las cárceles estén habitadas realmente por criminales peligrosos, por personas que al estar en libertad se convertirían en un peso para la sociedad. Sin embargo, muchas de las personas que están en las cárceles ni siquiera tienen una sentencia encima, y en muchos otros casos esas personas no revisten realmente un peligro para el resto de los ciudadanos.

La pena privativa de la libertad debe ser impuesta –como ya lo expliqué- para delitos graves, mayúsculos, para casos realmente abominables. Hay otros castigos que deberían imponerse y que serían más eficaces para disuadir a los delincuentes, y para prevenir con mejor contundencia el acaecimiento del crimen. Las multas; las penas o sanciones sociales, como la publicación en medios de comunicación masivos de los nombres de los delincuentes; el trabajo social; el trabajo comunitario; el trabajo cívico, como recoger basura o asear andenes; el trabajo agrario, etc.

Al Estado le cuesta mantener un recluso en una prisión, es un gasto. El derecho penal debería pensar que una forma de reducir costos en el gobierno es precisamente el de descongestionar las cárceles. Yo sería –o soy- más proclive a pensar que la multa es un excelente castigo, ¿por qué? Porque a la gente le duele el bolsillo, le duele pagar, le duele hacer emolumentos en los cuales no haya beneficio personal. Las multas son utilizadas comúnmente por el derecho administrativo sancionador pero no por el penal. Yo creo que ya llegó la hora de cambiar penas de prisión o de cárcel por penas basadas en pagar dinero. Sobre todo me refiero a los llamados delitos técnicos en los cuales no se lesionó la humanidad, o la corporeidad de nadie, pero en los que sí se puso en vilo un bien jurídico tutelado como el patrimonio, o el orden económico. Para esos delitos la sanción debería ser la multa. Una multa bien grande. ¿Qué ganan las víctimas de un desfalco, de una estafa, de una captación ilegal de dinero, con tener a los victimarios en la cárcel? Nada; lo que necesitan esas víctimas es que principalmente se les resarza su patrimonio lesionado.

En el siglo XXI debería humanizarse mucho más el derecho penal, que ya de por sí se ha humanizado demasiado desde hace dos siglos y más; pero ahora el reto no es humanizar sino hacer práctico el derecho penal, hacerlo más pragmático; más útil a los requerimientos de la nueva sociedad y de la nueva humanidad que está emergiendo en el horizonte. Cumplir con el objetivo de resocializar al delincuente, y de hacer de los centros carcelarios lugares donde haya dignidad humana y donde el prisionero si ha cumplido con la pena tenga una perspectiva hacia futuro de ser un componente útil a la comunidad que ha ofendido. Una especie de transmutación de personalidades es lo que debería haber en las cárceles, pero eso no se puede hacer si están demasiado sobrepobladas.

Los castigos sociales a veces son más eficaces y más baratos que la reclusión carcelaria. Las listas públicas de delincuentes con sentencia en firme; la publicación de las fotografías de los criminales son más disuasivas – a veces- que encerrar a una persona en una celda por uno, dos, tres o cinco años.

La cárcel debe quedar para la gente más peligrosa, para quienes realmente sean un factor maligno absoluto. Los homicidas, los terroristas, los violadores, los secuestradores, los que atacan con ácido a otra persona, los reincidentes; esa gente sí debe estar encerrada para que reflexione, para que piense en lo que ha hecho, y para que sean analizados con más calma por las autoridades sanitarias de las prisiones: psicólogos, trabajadores sociales, médicos, etc.

El Estado no puede seguir violando los derechos humanos de los prisioneros por falta de dinero; es por esto que desocupar esos centros de detención es necesario para ocuparlos con verdaderos criminales; crear otras penas más eficaces y más disuasivas como las multas, las sanciones sociales, el trabajo comunitario y cívico, y los castigos que tengan como finalidad transmutar, reconvertir, y reeducar al delincuente. El derecho penal debe dejar esa traza histórica de la ley del Talión (“ojo por ojo, diente por diente”) y empezar a ser más realista, menos vengativo y más pragmático.  

Democracia real y democracia virtual


¿Cuál es el mejor sistema político? Esta pregunta ronda las mentes de los filósofos del poder desde épocas milenarias, desde los griegos, pasando por santo Tomás de Aquino, los racionalistas europeos, los liberales, etc. ¿Cuál es el sistema político que asegura mayor bienestar para todos los ciudadanos de una Nación? ¿La democracia?

Hay dos frases célebres, de dos personajes célebres, acerca de la democracia. Una es de Lincoln, que dice: “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La otra se le atribuye a Winston Churchill, y dice: “La democracia es el peor sistema político con la excepción de todos los demás.”

Hoy en día, por lo menos en Occidente, estamos de acuerdo con que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos, y por eso está incluida en todas las constituciones civilizadas del mundo. Le democracia tiene mil defectos pero por los menos es el más presentable de todos los sistemas de poder.

Sin embargo, y no estoy descubriendo que el agua moja, la democracia genera varias suspicacias entre muchos poderosos, o entre los poderosos; entre aquellos que detentan realmente el poder en un mundo capitalista –e incluso en el socialista-.

La democracia es como un mal menor para muchos. ¿Por qué? Porque es el sistema –que en teoría- asegura que la gente se sienta conforme, que la gente no se subleve, que la gente no se enfurezca. Si hay malos gobernantes es porque ustedes –el pueblo- los eligieron, afirman los poderosos.

Si en una dictadura, o en una monarquía absoluta, o en una aristocracia, hay hambre o injusticia, pues el pueblo se siente legitimado para entrar a protestar de manera violenta, porque ellos –los poderosos- están pasándose de la raya. Recordemos la Revolución francesa como ejemplo práctico de lo que he dicho hasta ahora. En la Francia de Luis XVI y de María Antonieta, el pueblo creyó prudente enviar a los reyes a la guillotina por no pensar en ellos, por dejarlos morir de inanición, de miseria.

En la democracia esto es más complejo porque el pueblo es el que elige, y si elige mal pues… aguántense. Ahí está la treta de los poderosos en las actuales condiciones, en los actuales tiempos. En un modelo capitalista de libre mercado hay algunos que acumulan mucho y otros que no tienen nada. Eso es de sentido común. El problema del capitalismo es la acumulación, la desigualdad, la injusticia, el desbalance entre los ricos y los pobres. Al capitalismo le está pasando lo mismo que a la democracia: es un sistema horrible, pero es preferible que el temido socialismo.

En este mundo que vivimos la democracia está incluida en todas las constituciones de los Estados civilizados –como ya dije-, sin embargo, esa democracia real, esa democracia donde todos tienen posibilidades, donde todos pueden asegurar una vida digna, es irreal, no existe. O mejor dicho, existe pero solo en el papel, en teoría.

Como lo ha denunciado el profesor Noam Chomsky en Estados Unidos, la democracia que tenemos en Occidente es una democracia “comprable”, es una democracia que -como todo en el capitalismo- está sujeta a las leyes del mercado, y por lo tanto solo los más poderosos la pueden adquirir para satisfacer sus propios intereses.

Digamos que lo que tenemos realmente es una democracia virtual, una democracia donde en teoría el pueblo es el que elige a sus gobernantes. ¿El pueblo elige realmente a sus gobernantes? ¡Claro! ¡En las elecciones! Sin embargo, esas elecciones donde libremente se escogen a los gobernantes realmente no son tan libres. ¿Por qué? A nadie lo obligan a ir a votar –por lo menos mayoritariamente-, pero, los candidatos que aparecen con mayor opción para ganar son aquellos que han sido apoyados por los poderosos. Mejor dicho, aquellos candidatos que tienen más recursos económicos para sus campañas son aquellos que aparecen con mayor opción para ganar, y son aquellos que son votados por el público en general.

Los poderosos se valen de la libertad del capitalismo y de la democracia para elegir a los gobernantes que protegen sus intereses. El pueblo raso termina siendo un idiota útil de todo esto. El show de la democracia termina siendo solo eso: un show.

Mientras tanto, el pueblo sigue pasando penurias: hambre, injusticia, corrupción, terrorismo, delincuencia, desempleo, etc. Sin embargo, como fueron ellos los que “eligieron” en teoría a sus gobernantes pues no hay forma de protestar, de pedir un cambio contundente. Los poderosos simplemente ríen, se frotan las manos y afirman: “Esa es la democracia”. 

¿Vargas Lleras presidente de Colombia en 2018?


Durante el parte de tranquilidad que daba el jefe de Estado -Juan Manuel Santos- al finalizar los comicios electorales del pasado 25 de octubre, hubo un detalle que todos los televidentes pudimos apreciar de manera notoria: la sonrisa del vicepresidente Germán Vargas Lleras.

Claro, había motivos para estar contento; el movimiento del exsenador, exministro y exconcejal de Bogotá había ganado las alcaldías en dos de las ciudades más importantes de Colombia: Bogotá y Barranquilla. En total, obtuvo la victoria en nueve alcaldías de capitales de departamento, y en cinco gobernaciones (sin sumar las coaliciones en otras zonas).

Podemos decir que Vargas Lleras fue uno de los grandes ganadores en estas elecciones. Su trayectoria política comenzó en el Concejo de Bogotá, luego saltó al Senado donde fue presidente de esa corporación, y en 2010 decidió respaldar la candidatura de Santos, después de deponer la suya propia. Eso le valió para ser nombrado como ministro de Interior y Justicia, y después de Vivienda. En 2014, luego del retiro de Angelino Garzón, Vargas Lleras se convirtió en el vicepresidente de la República, con la misión a su cargo de fortalecer dos ministerios claves: Infraestructura y Vivienda (cartera que ya había ocupado en el pasado).

Este político, que pertenece a una de las castas aristocráticas más importantes de Colombia: la de la familia Lleras, se graduó de abogado de la Universidad del Rosario, como sus otros dos hermanos, José Antonio y Enrique, y desde hace varios años está apuntalando su perfil para convertirse en el primer mandatario de los colombianos; como ya lo hizo su abuelo Carlos Lleras Restrepo en 1966.

Vargas Lleras ha sido víctima de dos atentados contra su vida; en uno de ellos, perdió partes de algunos de sus dedos, y en otro, se salvó de milagro, cuando explotó un carro-bomba al paso de la caravana que lo transportaba. Tiene fama de malgeniado, de estricto, pero también de tener posturas rígidas y polémicas.

Es natural y elemental que en el 2018 quiera presentarse a la contienda electoral para ser elegido presidente de Colombia, sin embargo, hay un obstáculo ostensible: no tendría la bendición de su actual jefe, Juan Manuel Santos. Si bien es cierto, Vargas Lleras es el coequipero de Santos en el Gobierno, este no estaría tan inclinado a respaldar la candidatura de aquel por un motivo grandísimo: el nieto de Lleras no estaría ciento por ciento convencido del proceso de negociación con las Farc. Es por esto que Santos no le daría su bendición en 2018 como heredero de la Unidad Nacional. El partido Liberal tampoco lo respaldaría porque esa colectividad estaría inclinada a irse con candidato propio, en la persona de Humberto de la Calle quizá, o de otro político en ascenso como lo sería Juan Manuel Galán; no sabemos.

Vargas Lleras tiene varios factores a favor que le podrían beneficiar en 2018; en primer lugar, que es el actual vicepresidente de la República, eso pesa mucho en un país presidencialista como este, fuera de eso, el manejo y la supervisión de dos ministerios –vivienda e infraestructura- dan un buen empuje e imagen a cualquier político con aspiraciones serias. En segundo lugar, Vargas Lleras es un avezado del mundo electoral, es un político profesional; su conocimiento del entramado del poder en Colombia es milimétrico, puntual y amplio. En tercer lugar, tendría el apoyo en la Costa del clan familiar Char, lo cual no es despreciable para quien quiera hacerse con el solio de Bolívar; y en Bogotá, los buenos resultados que seguramente conseguirá Peñalosa los podrá reclamar indirectamente Vargas Lleras. En cuarto lugar, Vargas Lleras es un consentido del status quo, tiene buena imagen dentro del empresariado colombiano y dentro de las Fuerzas Armadas, y sobre todo, dentro de la clase dirigente de este país.  

Los vientos que tendría en contra su candidatura presidencial también son bastante serios. Juan Manuel Santos, en 2018, si el proceso de paz culmina exitosamente, necesitaría de un presidente de la República que ejecute el tan manido “post-conflicto”; y Vargas Lleras no es precisamente el hombre que representa esto. Su silencio frente a las negociaciones de La Habana ha sido una muestra de que no estaría o está muy feliz con el asunto, del todo. Para reemplazar a Santos, dentro del partido de la U, se estarían barajando los posibles nombres de Mauricio Cárdenas Santamaría o de Juan Carlos Pinzón. Vargas Lleras también tiene en contra que su nombre está sonando para presidente de la República desde hace rato, y por lo tanto sus adversarios ya han tenido tiempo de sobra para obrar en contra de su candidatura. Por ejemplo, en el Congreso se tramitó una reforma que solo permite al Vicepresidente presentarse a las elecciones como Presidente si se retira por lo menos un año antes. Vargas Lleras disparó las alertas de sus adversarios desde hace rato y eso no sería bueno para sus aspiraciones. El factor sorpresa está anulado completamente. En 2018 se desbarataría la Unidad Nacional, ya que el partido Liberal iría con candidato propio, lo mismo sucedería con el partido de la U, y es probable que el partido Conservador también lleve a alguien de manera independiente. Cambio Radical sería el único bastión de Vargas Lleras, y si solo se presenta por este movimiento, las cosas no estarían tan fáciles del todo. 

El paso del tiempo es otro enemigo de Vargas Lleras, ya que si las elecciones fueran hoy no habría duda de que él picaría en punta en esta competencia, sin embargo, faltan tres años o dos años y medio todavía –para ser exactos- y eso es mucho tiempo; cualquier cosa podría pasar de aquí a allá, y en Colombia esa posibilidad de cambio es muy probable. Por ahora, la posibilidad de que en 2018 Germán Vargas Lleras sea el próximo presidente de la República es muy alta, altísima, sin embargo, también hay muchas variables que él no puede manejar y que serían serios obstáculos para que esa hipotética situación se haga realidad de verdad.  


Las cárceles


La sanción penal, nos enseñan los especialistas, tiene varios objetivos. Por un lado, es punitiva, esto es, que es un castigo, que es como una especie de venganza, o vindicta, como dirían los romanos. De hecho, la sanción penal –como castigo punitivo- se deriva de la antigua ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Sin embargo, desde la Revolución francesa la sanción penal ha adquirido otros objetivos o matices, su naturaleza se ha ampliado; esto es, que ya no solo tiene como finalidad “vengarse” o castigar al culpable de un delito, sino que ha adquirido otras funciones más prácticas y humanas como las de disuadir y resocializar al delincuente.

En general, en el mundo occidental el castigo penal habitual es la pérdida de la libertad, ir a una cárcel. La responsabilidad penal tiene como finalidad proteger los bienes jurídicos más preciados por la sociedad. El castigo o sanción penal, entonces, es el más gravoso dentro de los distintos tipos de corrección que puede llevar a cabo la sociedad contra un individuo. Sin embargo, en otros países no es así todavía, la pena de muerte es aplicada aún en Oriente y en Estados Unidos, convirtiéndose allí en la sanción más gravosa, más delicada.

Las cárceles son los lugares destinados a que los sancionados con pena privativa de la libertad cumplan su pena allí. Por un lado, se castiga al delincuente; por otro lado, se disuade al resto de la sociedad de cometer delitos; pero también, se busca rehabilitar al convicto, reformarlo, insertarlo de nuevo en la sociedad. Aunque, cuando se impone la cadena perpetua, este último objetivo queda totalmente desvirtuado.

Muchos piensan que el derecho penal no sirve, que es inocuo, que es irracional; sin embargo, yo creo que esta es una postura extrema que se basa exclusivamente en las razones que llevan a cometer un crimen: pobreza, desequilibrios psicológicos, mala educación, tendencia al delito, inmoralidad, etc. Los abolicionistas del derecho penal piensan que deben subsanarse principalmente las razones que dan lugar al delito, y dejar en el olvido o proscribir el castigo porque es una solución demasiado violenta, anacrónica o inútil.

Hoy en día, como ya dijimos, la pena tiene estos tres objetivos: castigar, disuadir y resocializar. Sin embargo, las cárceles –en su gran mayoría- no están cumpliendo con esta última finalidad: la de resocializar. ¿Cuántas veces hemos escuchado en los medios de comunicación que los establecimientos penitenciarios son universidades del crimen? ¿Que los criminales menores que entran a la cárceles, al salir de estas, terminan convertidos en doctores del delito? ¿Que en las cárceles también se delinque? ¿Que las cárceles en Colombia están atestadas de gente? ¿Que en las cárceles se irrespetan los derechos humanos de los internos?

Es verdad que quienes van a estos lugares han cometido un error, y que en ciertos casos pueden ser errores graves o muy delicados. La sociedad necesita castigar a estas personas; de paso disuadir al resto de la gente para que no cometa esos mismos errores, y adicionalmente, tratar de reformar al delincuente para que cuando salga a la libertad sea una persona de bien. Las cárceles no pueden ser centros vacacionales o recreativos, eso lo tenemos claro, pero tampoco pueden ser establecimientos donde se amplifique el dolor y el padecimiento humano.

Dentro de la política criminal de los Estados debe establecerse claramente un objetivo: que cualquier persona que entre en una cárcel debe ser tratada con respeto y dignidad, y que cuando salga de esta debe ser otra persona desde un punto de vista moral. Las cárceles son el reflejo de la sociedad, si una comunidad está enferma la cárcel mostrará este aspecto de la misma forma; en Colombia, por ejemplo, el hacinamiento carcelario es excesivo; eso ocurre porque hay muy poquitas cárceles, y porque las sanciones penales generalmente consisten en pena privativa de la libertad. Sin embargo, es verdad que el Estado y la sociedad, en general, deben bregar por anular las causas del delito y no por concentrarse en su castigo.

¿Qué lleva a una persona a cometer un delito? Los criminalistas han respondido desde distintas posturas históricamente. Unos dicen que se debe a una tendencia genética –el criminal nato-; otros atribuyen la causa del delito a deficiencias culturales, educativas y morales; y otros sencillamente le atribuyen a la pobreza ser la principal causante de la delincuencia. Como ya dije, el Estado debe concentrarse en anular estas causas, en generar una política criminal de prevención y no en simplemente castigar; y por último, en humanizar los establecimientos penitenciarios.

Perder la libertad ya de por sí es grave, delicado; y si a eso le sumamos estar sometido a una tortura debido a las condiciones del castigo, pues la pena se convierte en un infierno, lo cual es inhumano. Estas personas no solo no terminan resocializadas, al salir de la prisión, sino que llegan a ser verdaderos expertos en el crimen.

La sociedad debe preocuparse un poco más por estas personas que están privadas de su libertad. Debe concentrarse en destruir las razones que llevan a una persona a cometer un delito, e invertir mucho más en la resocialización de los delincuentes. Es un tema de humanidad, de compasión, de moral, de progreso.
   

¿Por qué Peñalosa?


Voy a votar por Enrique Peñalosa para Alcalde Mayor de Bogotá, el 25 de octubre de 2015. ¿Por qué? Me parece que es la persona más preparada académicamente de todos los candidatos a ocupar este cargo; me parece que cuando fue alcalde lo hizo bien; y sobre todo, que tiene liderazgo, y que ya demostró que es capaz de tomar decisiones difíciles, aunque impopulares.

Bogotá está demasiado desordenada, en el tema del transporte, de la seguridad, del aseo, y de casi todos los otros temas. Gustavo Petro tal vez llegó con buenas intenciones a la alcaldía pero francamente este cargo le quedó grande, ¿por qué? Porque a diferencia de Peñalosa nunca había estado en un cargo público de tan alta responsabilidad administrativa. Petro fue representante a la Cámara y senador, pero nunca había tenido una responsabilidad en la rama ejecutiva de tanta importancia. Peñalosa, en cambio, ya fue alcalde, y antes de serlo tenía fama de buen administrador y de ser un ejecutivo exitoso en el sector privado.

Hoy, en 2015, la situación de la capital colombiana es preocupante. Las cifras de inseguridad son alarmantes, la incertidumbre sobre el futuro de la ciudad en materia de movilidad es inconcebible, y los ciudadanos en general tienen la percepción de que vivimos en un chiquero.

Peñalosa, cuando fue alcalde, le dio un giro de ciento ochenta grados a Bogotá. Mockus se había enfocado en la cultura ciudadana, en ahorrar plata, y Peñalosa se gastó esa plata construyendo ciclo-rutas, parques, bibliotecas, pintando barrios, construyendo andenes, colocando bolardos, y lo mejor, puso en marcha el Transmilenio.

“Tenemos que escoger: una ciudad para los carros o una ciudad para la gente” ha afirmado el exalcalde en diferentes foros, entrevistas, conferencias, seminarios, debates, etc. Todo se reduce a un problema filosófico, ¿queremos que Bogotá funcione bien para los que se movilizan en carro, o queremos una ciudad para todos? Peñalosa mismo responde esta pregunta: queremos una ciudad para la gente. Una ciudad que sea ordenada en el tema del transporte, de la seguridad, del aseo, de la educación, de la salud, etc. Una ciudad confeccionada para el interés general y no solo para el interés de algunos cuantos.

El tema del carro es un punto candente porque en Colombia la gente ama el carro, adora el carro, el automóvil es un símbolo de ascenso social, y tratar de desestimular su uso es un pecado en este país; Peñalosa lo está haciendo y por eso se ha ganado tantos enemigos. Tanta gente que vive del carro, y otra que no vive le ha hecho campaña negra al exalcalde. Pero, en una democracia, el interés general prevalece sobre el interés particular, y a decir verdad, Bogotá se está llenando de carros y no hay suficientes vías para recibir tanto automotor. Tampoco hay plata para construir más vías, más autopistas, más calles; por lo tanto, solo hay una solución: el transporte público, la bicicleta, o caminar.

En cuanto el transporte público Peñalosa afirma que el Transmilenio está muy desmejorado y que toca rehabilitarlo y reconstruirlo por completo; él quiere construir más ciclo-rutas para las bicicletas y mejorar el tema de los andenes para que la gente no tenga que competir con los carros y con las motocicletas. Bogotá tiene que tomar la decisión de hacer el metro o no, Peñalosa dice que sí, pero que debe ser un metro elevado en ciertas zonas, ¿por qué? Porque el suelo de Bogotá no da para un metro subterráneo.

Peñalosa quiere construir más parques, más colegios, más troncales de Transmilenio y para eso se requiere que haya más inversión en Bogotá a través de los impuestos. No es necesario subir los impuestos, solo hay que conseguir que más gente pague tributos, ¿cómo? Estimulando la llegada de nuevas empresas a Bogotá; que los extranjeros y los nacionales no bogotanos sientan que Bogotá tiene un líder que la maneja, que los delitos son castigados, que hay mano dura contra los corruptos; mejor dicho, se necesita hacer que la gente cumpla con la ley. Eso es lo que busca Peñalosa, hacer que la gente cumpla con la ley. El problema es que la gente en Colombia hace lo que se le da la gana, y cuando alguien viene a sancionarlos o a castigarlos se les tacha de derechistas, fachistas, autoritarios, dictadores, o psico-rígidos; no, Bogotá necesita autoridad y orden, para que se pongan tras las rejas a los hampones que azotan nuestra ciudad. Eso es lo que quiere Peñalosa, hacer que se cumpla con la ley y castigar a los hampones, para crear un clima de seguridad, de armonía, de orden, en Bogotá.

Peñalosa ya lo hizo bien una vez, y lo volverá a hacer bien; no hay tiempo para improvisar, para colocar aficionados en un cargo tan importante, y sobre todo, que Peñalosa es uno de los más calificados expertos en temas de urbanismo del mundo, ¿cómo vamos a desaprovechar esa oportunidad? ¿Cómo vamos a elegir a un aprendiz, cuando podemos tener al maestro? Peñalosa, es el hombre, no lo duden; no trabajo en su campaña formalmente, no tengo interés algunos egoísta en que quede de alcalde; solo pienso que es el mejor de los candidatos que actualmente se están disputando este cargo. 

Un Alcalde para Bogotá


No se trata de hacer proselitismo político a favor de nadie; aunque el autor de este escrito está muy tentado a votar por uno de los candidatos que se están presentando en la actual contienda para la Alcaldía de Bogotá. Mejor dicho, mi voto ya está definido.

Sin embargo, no consiste en eso, se trata de hacer una pequeña reflexión sobre el tema de las ciudades, de los microEstados, de la política, de la moral, de la corrupción.

En Bogotá –la capital de Colombia- ya vivimos más de ocho millones de personas, la ciudad más importante del país por tamaño y por el peso que tiene en las finanzas nacionales. Bogotá es un motor económico, ya dejó de ser una ciudad para convertirse en una metrópoli. Sin embargo, su desarrollo ha sido desordenado, expuesto a intereses políticos egoístas y mezquinos y a la corrupción.

Los bogotanos estamos cansados de la inmovilidad del tránsito, de la basura, de la inseguridad, del desorden, del caos, de la anarquía, y de la incertidumbre sobre los grandes proyectos que necesita esta ciudad.

En los últimos ocho o diez años gobiernos de corte izquierdista han gobernado la Capital, sin embargo, el problema no ha sido ese. El problema no es que la izquierda haya gobernado Bogotá, y que ahora necesitemos a la derecha para que “ponga orden”, no, el problema es más delicado porque tiene que ver con toda la cultura política de los colombianos, con la moral de los colombianos, lo que se refleja en el gobierno que tiene Bogotá.

Las ciudades, en la era de la globalización, del Nuevo Orden Mundial, van a adquirir más importancia de la que ya han tenido; es curioso porque a nivel macro-estatal se generan Súper-Estados como la Unión Europea, pero a nivel doméstico las ciudades adquieren una mayor preponderancia porque la civilización humana ha dejado de ser rural para ser urbana. Los seres humanos ya no salimos a cazar, a ordeñar las vacas, a pescar; no, los seres humanos vivimos metidos en estos núcleos de cemento y de ladrillo llamados ciudades, donde compramos todo en supermercados y grandes superficies, donde nos movilizamos en Metro o en Transmilenio, o en carro. Las ciudades son los núcleos humanos por excelencia; y por lo tanto, se han transformado en miniEstados, como lo fueron las polis griegas.

Los gobiernos de las ciudades también han adquirido mucha importancia, y el gobierno de Bogotá sí que ha adquirido relevancia. Es el segundo cargo administrativo más importante de la rama ejecutiva en Colombia, después del de Presidente de la República. Elegir a un buen alcalde para Bogotá es crucial, necesario, porque ocho millones de personas dependemos de vivir mejor si se toma una buena decisión.

En Colombia funciona –por lo menos en el papel- un sistema político democrático, donde el voto popular determina quién va a manejar nuestra ciudad por los próximos cuatro años. El problema de la democracia, como decía Churchill es que “es el peor de los sistemas políticos con la excepción de los demás”; la democracia es el sistema que funciona en Colombia para elegir a nuestros gobernantes, nos guste o no nos guste. Para que la democracia funcione bien tiene que haber cultura política, educación, civismo, moral, una actitud ante la vida; y el problema es ese precisamente, que en Colombia carecemos notablemente de todo esto.

La educación en Colombia –y ya me cansado de repetirlo- está mal, no porque no haya la cobertura necesaria –que no la hay-, sino porque lo que se transmite en conocimientos no basta para construir una sociedad próspera, pacífica, fraterna y humana. En nuestro país no se están transmitiendo en las aulas de clase, ni en los hogares, ni en la cultura, los valores que se requieren para levantar una sociedad humana de avanzada, de vanguardia, moderna y de cara a los nuevos retos que afronta la humanidad; el tema del bilingüismo y de la tecnología no bastan para crear una nueva sociedad de tal estilo, y me temo que nuestros gobernantes están convencidos que sí.

La formación en valores en el hogar, en la calle, en los medios de comunicación, en los colegios, en las universidades, en el trabajo, etc, es indispensable para transformar a Colombia en una sociedad humana avanzada. Como en Colombia funciona la democracia, la gente que va a votar por alcalde de Bogotá lo va hacer pensando en su propio interés y en base a su propia cultura política, que prácticamente no existe en nuestro país. Por dar un dato escalofriante: el 70% del voto en Colombia es voto amarrado, voto clientelista, de las mafias de la politiquería, y solo el 30 % de los votos es voto de opinión, no amarrado. En Bogotá, sin embargo, el voto de opinión es más importante que en el resto de Colombia pero no basta.

Muchos dicen que Bogotá necesita un gerente, yo creo que necesita un Alcalde. Una persona que determine los grandes lineamientos políticos, administrativos, económicos, y sociales de nuestra urbe; que sea un ALCALDE (en mayúsculas), y no simplemente un futuro Presidente de la República en ciernes. Porque Bogotá se ha convertido en eso, en una plataforma política para que los que quieran llegar a ser Jefes de Estado pasen primero por el Palacio Liévano. No, Bogotá necesita un Alcalde 24 horas al día, que sepa de urbanismo, que haya estudiado urbanismo, que tenga experiencia basta en administración pública, que sepa administrar ciudades y que no sea simplemente un político más; que sea un administrador, pero también un líder, que tenga visión de futuro para Bogotá no solo para los próximos cuatro años, sino para los próximos diez, veinte o treinta años. Que sea un soñador con los pies bien puestos en la tierra, que tenga don de mando; que no le importe tomar medidas impopulares para molestar a unos cuantos poderosos, pero que van a beneficiar a la gran mayoría; que sea un Alcalde ecológico, que piense en respetar a los animales, que sea honesto, que sea íntegro, que sepa lo que hace.

Los bogotanos tenemos la oportunidad de volver a embarrarla, pero ojalá que los espíritus del bien y de la sabiduría nos bendigan para tomar una buena decisión. Somos ochos millones de personas apiñadas en este lugar llamado Bogotá; si no tomamos una buena decisión, en diez años las cosas estarán muy mal, y nuestra ciudad será invivible. ¿Queremos que eso ocurra? Yo no quiero eso para mi amada Bogotá, por eso, con la mente, con el corazón, votaré por una opción que me parece la más acertada. Espero que todos, antes de votar, consulten las hojas  de vida de los candidatos, su palmarés, su preparación, sus propuestas, su talante, su récord en administración pública. Sería una buena cuota inicial para transformar no solo a la capital de Colombia, sino a todo el país. 

Derecho y literatura


En la reciente posesión del nuevo decano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario (Colombia), doctor Juan Carlos Forero, se tocaba este tema. El Decano hacía alusión a la aproximación de la literatura por parte de los juristas como mecanismo de lograr y buscar la empatía entre los seres humanos.

La literatura es un arte, algunos afirman que el derecho también lo es, porque ambos son artis, facere, una actividad o actividades donde se hace algo. En el caso de la literatura lo que se hace es ficción a través de la palabra escrita, en el derecho lo que se hace o se busca es la justicia.

Ambas actividades son típicamente humanas, entelequias que buscan hacer del hombre un ser más feliz. La literatura es misteriosa, enigmática, es un interrogante; el derecho también lo es. No sabemos por qué un escritor elabora una novela, o un poema, o un cuento, no lo sabemos; de lo único que estamos seguros es que para el escritor, escribir es una necesidad. Para el jurista también es una necesidad la búsqueda de la justicia, sin embargo, y como lo sabemos todos los abogados, la justicia es un término que solo se puede abordar a través de sinónimos como equidad, equilibrio, armonía, pero definir la justicia como tal es una aventura inacabada que viene siendo el dolor de cabeza desde la época de Platón, los filósofos socráticos, hasta los profesores de derecho de las universidades más importantes del mundo de hoy en día.

La literatura y el derecho, dos primas hermanas en la familia del conocimiento humano. ¿Debe un jurista explorar la literatura? Esa pregunta no la puedo responder de manera imparcial ya que en lo personal he explorado la literatura con cierta profundidad: he escrito ocho novelas y varias decenas de cuentos. Sin embargo, yo creo que para el jurista que no ha explorado ese lado creativo la literatura sí le puede ser útil. Le puede ser útil para explorar y conocer la condición humana, para estudiar el modus vivendi del hombre, la problemática del hombre –como diría Sabato-, la literatura le puede otorgar sensibilidad al jurista –sentido humanista y humanitario, en fin la literatura puede humanizar al jurista, ya que algunas veces, y por estar metido entre tanto código y entre tanta sentencia, el abogado cae en una especie de mecanización de su profesión donde la ausencia de emoción y de empatía con el que sufre se vuelve insoportable.

De esta forma, tiene razón el nuevo decano Forero al afirmar que el jurista debe conocer tanto de derecho como de literatura para acercarse más a la justicia. Y es cierto, y como él citaba “porque donde solo hay derecho, es probable que allí no entre la justicia”. La literatura sensibiliza al abogado, lo vuelve un ser universal, lo convierte en un hombre global. Desdeñar la literatura ha sido una práctica reiterada para los juristas, para aquellos que solo ven la vida como instrumento de manutención económica, y nada más. La literatura le da una perspectiva metafísica del derecho al jurista. La literatura le permite ver al jurista por encima del bosque y no solo los árboles.

En fin, creo que esa relación entre derecho y literatura no solo podría quedar en un terreno romántico; también hay abogados que se han dedicado a la literatura, como Franz Kafka, como Goethe, como R.H Moreno Durán, como Juan Gabriel Vásquez; y otros que han abordado el estudio del derecho sin obtener el título de abogado como García Márquez o León Tolstoi; o incluso, juristas que se han dedicado a escribir novelas sobre abogados convirtiéndolas en verdaderos best sellers, ese es el caso de John Grisham conocido a nivel mundial como uno de los escritores más vendidos del mundo, y cuyas novelas incluso han sido adaptadas al cine.

La literatura es eminentemente fantasiosa, artificiosa, artística; en cambio el derecho es realista, científico y mecánico. La literatura corresponde al lado derecho del cerebro, mientras que las leyes le pertenecen al hemisferio izquierdo. La literatura es misteriosa, es femenina, es simpática, es como la noche; el derecho es solar, diurno, masculino, es algo frío y hasta poco atrayente. Cuando ambos se mezclan se logra una buena receta: un abogado humanista o un literato preocupado por la justicia, como fue el caso de Víctor Hugo en su célebre obra Los miserables.

Sí doctor Forero, ese es el tema de hoy en día, ¿cómo podemos sensibilizar más a los abogados? ¿Cómo podemos abrirles los ojos y mostrarles el mundo en el que viven? ¿Cómo les enseñamos a tener conciencia universal? La respuesta estaría en la literatura, es verdad; tal vez por eso, y lo repito –sin ningún afán de posar con falsa humildad- he escrito ocho novelas y varios cuentos, porque eso me ha dado sensibilidad, porque la literatura me ha hecho soñar con un mundo mejor, más humano, más fraterno, más simple, más cooperante, más justo, porque la literatura me ha hecho reflexionar sobre el papel del abogado y su puesto en la búsqueda de la justicia en la sociedad. 

El poder según “House of cards”





Francisco Bermúdez Guerra


Desde hace muchos años no veía series de televisión. Creo que la última que vi, en serio, fue “ALF” por allá en los 80s. Después, la televisión quedó relegada a un segundo plano en cuanto a mis planes recreativos y de distracción. Prefería leer un libro, escribir, caminar, escuchar radio, lo que fuera; la televisión pasó a un segundo plano en mi vida. Tal vez porque cuando era niño vi mucha televisión y quedé estragado.

A principios de la actual década mi exnovia me recomendó ver “The big bang theory”; una serie súper cómica que describe la vida de unos geniecitos y la de su sexy vecina rubia (Penny). Me volví adicto a ver esta serie, me encanta.

Posteriormente, y como ya lo relaté en otro artículo, debido a que en Colombia nos dio por sacar la versión criolla de “Breaking bad” decidí ver todas las temporadas de esta serie –la original- de un tacazo. Ya comenté y di mi punto de vista sobre este programa que me pareció excelente, aunque tiene muchos lugares oscuros desde el punto de vista moral.

También me vi enterita “Game of thrones” que es lo mismo que “El señor de los anillos”, salvo que en la primera hay un ingrediente erótico –por no decir que porno- bastante protuberante. También me ha gustado “Game of thrones”, estoy esperando la continuación de la misma en el 2016.

Después de verme todas estas series, caí en los brazos de “House of cards”. Este programa narra la vida de un político sin escrúpulos, sin moral, sin límites éticos, como lo es Francis Underwood, magistralmente interpretado por el ganador del Óscar Kevin Spacey. En “House of cards” se nos muestra todo ese juego de poder –en este caso el político-, desde una perspectiva maquiavélica, y cuando digo maquiavélica me refiero desde la postura del florentino que hizo una serie de recomendaciones políticas a Lorenzo de Médicis en el libro “El príncipe”.

“House of cards” narra ese ascenso de Underwood, desde el puesto de jefe de la bancada del partido Demócrata en la Cámara de Representantes de Estados Unidos hasta convertirse en presidente de la Nación. No creo que le haya dañado la serie a nadie, ya que desde la primera temporada se vislumbra para dónde va el asunto. Lo interesante no son los puestos que logra obtener Underwood sino cómo los obtiene. La mentira, el chantaje, la extorsión, la hipocresía, las falsas promesas, el dinero y hasta el asesinato físico y moral, son los instrumentos que utiliza este político ficticio para ascender y levantarse dentro de la intrincada burocracia de Washington.

Maquiavelo reveló en “El príncipe” que el poder tenía su propia ética, la ratio stato – la llamaba él-, esto quiere decir que el bien –en términos políticos- está ligado a la obtención del mismo y el mal – a perderlo-. Underwood sigue los consejos de Maquiavelo al pie de la letra. A él solo le interesa obtener lo que él quiere, no le importa decir mentiras, extorsionar, negociar, perpetrar crímenes, decir falsedades, etc. 

Underwood es el arquetipo –más no prototipo- del político en su más pura expresión; obviamente –y como todo en la vida- hay buenos, malos y regulares políticos, sin embargo, casi todos incurren en estos pecadillos para llegar a donde quieren llegar, porque el poder político es así, se necesita ser sagaz, astuto, para obtenerlo; un místico, un santurrón, un poeta, no tienen nada que hacer frente a los halcones que se pelean por un cargo público importante; para llegar allí hay que ser como aconsejó Maquiavelo. El que quiera dedicarse al bien –hablando moralmente- tendría que refugiarse en un monasterio, en un templo de meditación y de oración, o dedicarse a componer poemas en su casa; porque si quiere llegar a la cumbre del poder en la sociedad tiene que incurrir en muchos pecadillos que van contra el Bien universal.

No digo que todos los políticos sean inmorales o indecentes, no, también hay gente buena. Sin embargo, esos buenos son una minoría exigua, y casi siempre terminan relegados a cargos secundarios o son asesinados como le ha ocurrido a muchos. 

“House of cards” describe esto con frialdad, sin anestesia, sin atenuantes. ¿Le gusta la política? Pues esto es la política mi querido amigo, si le gusta, así debe comportarse. Ese sería el lema del programa, que más que una simple distracción es un manual al estilo maquiavélico de cómo ascender en el poder, en el poder político. Recomiendo ver esta serie para que todos reflexionemos sobre el sistema de convivencia humano que tenemos, ya que el sistema de dominación está ligado a este tipo de prácticas inveteradas.


Foto: https://www.netflix.com/co/title/70178217


http://juridicofbermudezg.blogspot.com
       

Proyecto Arikayasis: ideas para una nueva humanidad




¿Qué es Arikayasis? Es una novela que escribí hace dos años; está referida a una espada mágica, que a manera de Excálibur en la mitología arturiana, concede poderes sobrenaturales a quien la posee. La espada representa el poder del pensamiento, de las ideas, de cómo la mente puede ser utilizada para el bien y la justicia o para el mal, la crueldad y la inhumanidad.

Precisamente así bautizamos a nuestro proyecto, como Arikayasis. Para denotar ese compromiso con una nueva forma de pensamiento, con unas nuevas ideas que no solo están empezando a germinar en una o en algunas personas, sino que  realmente se han convertido como en una especie de pandemia, pero positiva. Mucha gente en el Planeta está preocupada por el futuro de la raza humana, de lo que vendrá para las próximas generaciones e incluso por lo que le pueda pasar a nuestra especie en los próximos años.

En Proyecto Arikayasis queremos hacer propuestas, reflexiones sobre todos estos temas, en diferentes ámbitos del conocimiento. No solo en la política, en la economía, o en la filosofía, sino también en el arte, en la cultura, está presente nuestro proyecto.

Creemos que el verdadero problema de la humanidad está esencialmente en el tipo de valores que protege. Si seguimos pensando que el lucro personal, que el egoísmo, y que el individualismo van a cambiar nuestra sociedad, pues estamos muy equivocados. De hecho, esas ideas anacrónicas son las que están acabando con nuestra especie a través de las guerras, del hambre, del terrorismo, de la injusticia, de las enfermedades incurables.

En Proyecto Arikayasis hemos propuesto nuevas visiones de temas recurrentes, que pueden o no ser compartidas por los demás; sin embargo, lo que queremos es eso, que haya reflexión, que haya discusión.

Los invitamos entonces a participar en este proyecto, a visitar nuestra página web y a enviarnos sus propuestas, sus comentarios, sus inquietudes; y que todo sea por el advenimiento de una nueva humanidad.  


Página web: http://fbermudezg.wix.com/proyectoarikayasis   

Cuenta de Twitter: http://twitter.com/PArikayasis

La paz en Colombia


Hace algunos días, alguien me preguntaba a través de mi cuenta de Twitter sobre lo que yo pensaba del proceso de paz que actualmente está impulsando el presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Era una persona extranjera –no colombiana- la que me hacía la pregunta; y yo le contesté que en ciento cuarenta caracteres era muy difícil hablar sobre un tema tan complejo como este.

¿Quién soy yo para hablar sobre este tema? No soy político, no soy una persona con poder económico, no soy sindicalista, ni representante de algún gremio de la producción; soy una persona común y corriente, de la calle. Sin embargo, creo que todas las personas por muy altas o por muy bajas responsabilidades que ostenten tienen o deben tener una opinión sobre este asunto tan importante para el futuro del país.

Mi opinión, la que voy a dar ahora, es una posición personal; no es una opinión basada en intereses políticos, económicos o aspiraciones personales; es una declaración sincera de un ciudadano más, de un colombiano más.

Los políticos muy hábilmente señalan lo siguiente: “Todos queremos la paz”, y es elemental, todos queremos la paz, el problema es cómo obtenerla. Nuestro país ha vivido en guerra desde la independencia de los españoles, salvo algunos períodos de relativa calma, de resto, los fusiles, los revólveres, las armas de fuego, los machetes, etc, etc, han llenado de sangre los campos y las calles de Colombia. Por diferentes motivos: la división partidista, el modelo de Estado (centralistas vs federalistas), el control de la tierra, el narcotráfico, la lucha insurgente, el terrorismo, las bandas organizadas, la delincuencia organizada y no organizada; mejor dicho, las balas han venido de todas partes y por múltiples razones.

Ahora bien, el actual presidente de Colombia, doctor Santos, le informó al país hace algunos años, que había tomado la decisión de empezar unos diálogos con la guerrilla de las Farc con el propósito de alcanzar la paz. Estos diálogos no han finalizado y en La Habana (donde tienen lugar estas negociaciones) la cosa sigue moviéndose, y la gente está impaciente para que se llegue a un acuerdo o se rompan definitivamente las conversaciones.

En primer lugar, creo que esto es un tema político, es un tema de poder, de manejo del Estado; y que los colombianos, cuando decidieron en 2014 respaldar la reelección de Juan Manuel Santos como presidente, lo hicieron respaldando su decisión de llevar a cabo estas negociaciones en La Habana. El Presidente está legitimado –por lo menos políticamente- de continuar con este proceso. Sin embargo, así como políticamente tiene un respaldo mayoritario, también tiene una buena porción del espectro de poder del Estado en contra, representado por el movimiento que lidera el expresidente Álvaro Uribe. Así están las cosas; y yo creo que para poder llegar a buen puerto hay que tener en cuenta todas las opiniones, incluso las de las personas que se oponen a este tema.

Segundo; el Presidente cuenta con un respaldo político importante, y con una oposición que no puede ser ignorada. Esto es, es cierto que los colombianos estamos cansados de la guerra, de las balas, del derramamiento de sangre, pero también es cierto que hacer la paz no puede consistir en resquebrajar valores tan importantes para una sociedad como la justicia, la dignidad humana de las víctimas y sus familiares, y el futuro del derecho en Colombia. No se puede hacer la paz a cualquier precio, porque se corre el peligro se desactivar un conflicto presente pero dejar abierta la puerta para un conflicto mucho peor en el futuro, y eso nos lo van a reclamar las siguientes generaciones.

Tercero; la paz no es solo llegar a un acuerdo con las Farc, también debe ser un tema que se extienda a otros ámbitos de la vida social en Colombia. ¿Qué está ocurriendo con la educación? ¿Con la salud? ¿Con la justicia? ¿Con la pobreza? Llegar a la paz, también debe ser modificar estructuras caducas, anacrónicas, y realmente modernizar este país a través de la transmisión de nuevos valores humanos como la cooperación, la solidaridad, la hermandad, la honestidad, la lealtad, entre otros. La paz debe ser también un tema espiritual, cultural, mental. Y creo que a este proceso le falta esto, porque como ya dije, es un tema esencialmente político, y ahí está uno de sus principales defectos. 

Cuarto; es cierto que si se suspenden lo diálogos volverá la guerra y nuevamente estaremos enfrascados en un conflicto de nunca acabar. Debido a lo anterior, voces importantes de la sociedad colombiana reclaman no desfallecer en La Habana, y que pesar de los obstáculos el Gobierno y las Farc consigan firmar definitivamente un acuerdo de cese al conflicto con esta guerrilla y desmovilización definitiva de los combatientes que se mantienen en la insurgencia. A esto también le apuesta la comunidad internacional; Estados Unidos, Venezuela, Ecuador, Noruega, Cuba, y todos los demás países que apoyan este proceso de paz quieren ver unas negociaciones definitivas y exitosas entre el Gobierno y las Farc. El proceso de paz cuenta con un respaldo importante interna y externamente; Santos no puede desperdiciar esta oportunidad. El reto para el Presidente no es acallar las voces opositoras sino tratar de incorporar sus puntos de vista a la mesa de diálogos.

Quinto; el futuro de Colombia es lo que está en juego. Las futuras generaciones; ¿qué tipo de país le vamos a dejar a nuestros hijos, a nuestros nietos y más allá? Si se realiza un diálogo exitoso y se desactiva la guerra es probable que nos ahorremos una buena cantidad de dinero en armas, en municiones, en uniformes; sin embargo, si la negociación es deficiente, ese mismo dinero que nos estamos ahorrando ahora lo tendremos que gastar en un guerra peor en el porvenir. El proceso de paz es político, pero si se queda solo allí en el ámbito político, puede ser un acuerdo imperfecto, y eso es muy peligroso. Debe ser un proceso de paz acompañado de nuevas actitudes hacia la sociedad, hacia la economía, hacia el campo, hacia la realidad en general.


Los colombianos no podemos reclamar que se lleve a cabo una negociación exitosa si no hacemos mea culpa de nuestros propios errores; los políticos nunca le dicen a la gente que también son responsables de lo que está ocurriendo porque eso significa perder votos, perder apoyos. Pero es cierto, necesitamos que los colombianos miremos en nuestra vida cotidiana sobre si tenemos comportamientos y actitudes que ayuden a crear paz; ver si somos tolerantes, si somos compasivos, si somos solidarios. De lo contrario, el germen de la guerra seguirá creciendo; y el conflicto se seguirá manifestando de una u otra forma. Ojalá Colombia pueda alcanzar la paz, todos lo queremos, todos lo añoramos; para que este país se impulse definitivamente hacia el desarrollo y podamos alcanzar un bienestar para la colectividad en general.          

"Ágata en dos tiempos": mi más reciente novela



Ágata Alerve es una psicóloga colombiana que vive en Boston. De pronto, al volver a su país, se ve inmiscuida en una investigación criminal relacionada con el supuesto asesinato de su mejor amigo del colegio. Ella, para resolver el caso, tendrá que enfrentarse a una poderosa secta que quiere colocar a uno de sus miembros en el cargo político más importante de la Nación. Un grupo de jóvenes excéntricos ayudarán a Ágata a investigar el crimen y a enfrentarse contra esta poderosa secta. 

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